César Raúl González Bonilla
El artesano trabajaba con materiales sencillos, imaginación y habilidad de manos. Era el mejor hacedor de demonios y su taller el más solicitado. Todas las noches, a la luz de una vela, puntada a puntada, confeccionaba demonios y fantasmas a la medida de los temores de los clientes. Luego los cosía a sus cuerpos y sombras con tal perfección que, los fantasmas solían morir junto con el cadáver de sus dueños. Una noche, cierto demonio se desprendió de la sombra y quedó solo entre los vivos. Lo invadió tal amargura que inconsolable vistió al artesano, lo tomó por cuello y juntos se perdieron en el fuego de la vela.