La noche en el salitre

César Raúl González Bonilla

UNO

Tomó el revólver Smith and Wesson calibre .22 y lo presionó contra su sien derecha. No lo hizo con fuerza, pero sí con el pulso firme. Al sentir el frío metal del cañón sobre su piel, se dispuso a tirar del gatillo. Sin prisa cerró los ojos, como preparándose para degustar el mejor de los vinos.  En el silencio de la noche, una lámpara alumbraba la biblioteca de la enorme residencia con su luz tenue, casi sutil. Abrió los ojos porque tuvo la impresión de haber olvidado algo y, al dirigir su mirada hacia abajo, notó que la carta no estaba firmada. En la hoja el papel membretado se leía, en un par de líneas, el lugar común de “no se culpe a nadie de mi muerte”, que suele escribirse en circunstancias como ésta. Aflojó el puño derecho y colocó el revólver en el escritorio, pensó que tal vez hacía falta incluir un poco más de explicaciones, pero luego reflexionó que nadie habría de detenerlo. En ese momento, él era dueño, por primera vez, de su propio porvenir y no tenía que justificar sus acciones ante nadie.

La pluma fuente se negó a escribir, por lo que debió rayar varias veces la hoja superior de un block de notas; la tinta finalmente resurgió manchando uno de sus dedos. Pensó que sería mejor en adelante utilizar un bolígrafo común, en lugar de su pluma elegante estilográfica. Le tomó varios minutos limpiar su mano,   buscó en algún cajón su escritorio un frasco de alcohol y un pequeño lienzo, que tenía para atender esos pequeños accidentes. Quizá por esa distracción omitió escribir la fecha y se limitó a estampar su firma.

En la pared de la biblioteca, a un lado del estante donde descansan los libros polvorientos, el salitre ya había consumido un trozo de pared. La pintura corroída llamó su atención, trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma. Prendió su pipa y aspiró con calma el humo, sin dejar de mirar la imperfección en la pared.

DOS

A ella no le disgustaba lavar los trastes, casi lo disfrutaba. Mientras el agua corría por sus manos y se escapaba por entre la espuma de sus dedos. Era como la lluvia, una sensación placentera muy parecida a la libertad. Su abuela siempre venía a su memoria, recordaba aquella ocasión en la que fue por primera vez a la playa, cómo juntas contemplaron el mar, hicieron catillos en la arena y vieron al sol esconderse detrás del horizonte. Por eso musitaba -como un zumbido- una canción de cuna, mientras las migajas húmedas flotaban en espiral hacia el sumidero.  Los platos y los vasos utilizados en la cena quedaban limpios uno a uno. El arte y el hábito nocturno de dejar limpia la cocina fueron interrumpidos por un sonido seco que se escuchó como un fuetazo.

La noche se detuvo, pero el agua siguió corriendo y llenó la tarja, mientras ella se apresuró a subir las escaleras para llegar al estudio. El corazón quería fugarse de su pecho cuando abrió la puerta y sintió el olor a pólvora. La media luz apenas alumbraba el cuerpo inmóvil reclinado en el escritorio, con la cabeza apoyada sobre su lado izquierdo y una pequeña mancha redonda en la sien derecha. Con los ojos abiertos parecía observar con atención una botadura en la pared, donde el salitre ya había consumido la pintura. Ella también fijó su mirada en la pared y trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma.

Desamor a mediodía

César Raúl González Bonilla

“Ya no te quiero. La vida contigo es como caer al vacío, creo que esto debe terminar”. Se lo dijo con frialdad porque era algo que los dos sabían. Se lo dijo sin rencor porque los sentimientos habían quedado atrás.  Estaban a punto de comer, pusieron la mesa sin cruzar palabras o miradas. El reloj se detuvo a la una y quince cuando un estruendo que brotaba desde el suelo los retornó de la ausencia. La fuerza del terremoto estremeció la pared, tiro vasos y jarrones. Se abrazaron con fuerza y trataron de avanzar hacia la puerta, cedieron entonces las losas y los dos cayeron al abismo. Los envolvió la obscuridad y quedó el silencio en los escombros. Y fue así como en ochenta segundos, la tierra decidió por ellos.

Ya todo está bien

César Raúl González Bonilla

La noche avanza a través del silencio de la madrugada, las ventanas disipan el calor interior que por la mañana será rocío. Todos ya descansan cobijados por la obscuridad de la casa. Arriba, en su cuarto los niños reposan muy quietos, arropados con cuidado; en la habitación principal la esposa yace también en armonía con la humedad de su almohada. Abajo, un hombre se sienta en el diván de la estancia y bebe un sorbo de su taza de café, mientras termina de escribir una carta que tiene pendiente. Afloja su corbata y habla consigo mismo: “ya todo está bien, yo estoy bien, ellos ya están bien, la vida es buena”. Toma el revolver que espera en la mesa de centro y lo lleva a su sien con la mano derecha. Lo último que escucha es el clic del barril que, al girar, lleva la muerte.

El amor hecho realidad

Cesar González Bonilla

José Luis escribía poemas a su novia, le entregaba flores y juntos comían almendras y manzanas. Era un novio dulce, que sólo deseaba beber de los labios de su amada, oler su pelo y probar el sabor azucarado de sus pequeños pechos. La invitó a salir y fueron a cenar, pasearon juntos por el parque y disfrutaron de la lluvia tomados de la mano. La miró con deseo y con hambre de su cuerpo. A partir de octubre no se supo más de Alejandra. Meses después la policía encontró sus trozos dentro del refrigerador en el apartamento del poeta, quien había estado escribiendo versos saboreando a su novia, inspirado por el delicioso sabor de las almendras.

Remolino nocturno

César Raúl González Bonilla

Estacioné mi carro frente al apartamento y alcancé a ver cómo salía por el pasillo un joven fajándose la camisa. Sentí que se incendiaba la sangre en mi cerebro. No lo pensé, fue puro instinto tomar el desarmador que guardaba en la guantera del automóvil. Caminé de prisa, subí los escalones de dos en dos, deseando que no fuera cierto lo que tanto me temía. El corazón quería escapar por mi boca, se me taparon los oídos y ya no escuché más nada. Toqué primero con sospechas, después golpeé la puerta varias veces. Abrió confundida y yo embestí con violencia. La madera se rajó y la estancia se llenó de furia. Empuje su cuerpo y de pronto me vi con ella tirado en el suelo. Alcancé a distinguir dos copas medio llenas y la cama destendida. Una saliva espesa ahogó mis palabras, la jalé del cabello y la tiré en la cama. Confundida trató de incorporase, tal vez quiso decir algo, me monté sobre ella y le arranqué la voz con un beso, que luego se convirtió en mordida y después en tarascada. Empuñé el desarmador con poderío y lo hundí en su pecho hasta el mango y luego lo giré con energía en el sentido de las manecillas del reloj. Luchó con fuerza rasgando mi camisa y rasguñándome la espalda. Giramos como giran los tornados. No hubo gritos porque yo masticaba sus labios mientras hundía el desarmador hasta mis uñas. Un hilo de sangre manchó la fotografía del buró, gimió tal vez un poco, apretó las sábanas y suspiró aflojando las manos, para luego quedar inmóvil mirando fijamente el techo del apartamento. Me senté llorando al borde de la cama, mis lágrimas se mezclaron con su sangre y mi boca se tragó sus labios. Afuera, las nubes lloraron conmigo y la calle se cubrió de viento.

—¿Por qué no me quieres? ¡Si yo te quiero tanto!

El jefe humillante

César Raúl González Bonilla

El espejo nunca miente, pero siempre juzga

“Eres un verdadero imbécil, un imbécil verdadero”. Se lo dijo una, dos y tres veces, con ironía y con odio, como si tuviese la intención de hundir un cuchillo en su garganta. El joven lo miró a los ojos sólo un instante y continuó cumpliendo su pequeña tarea cotidiana. “No sirves para este trabajo, busca otro que tolere tus estupideces”. El joven nuevamente cruzó su mirada con la suya y guardó silencio. Terminó de ponerse la corbata, verificó que el nudo fuera perfecto, alisó su pelo y se alejó sin decir una palabra. La imagen quedó sola, muda, esperando la mañana siguiente, agazapada en la delgada capa de mercurio que cubría el vidrio del espejo.

 

El cazador de pesadillas

César Raúl González Bonilla

El sueño es la trampa perfecta

El cazador de pesadillas estaba perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado en otro sueño.