A las nueve y a las cinco

César Raúl Gonzálz Bonilla

“Nada más humano que querer lo imposible.”

Como insisten las horas en nombrarte,

con esa necedad de excavar -en silencio-

las cosas que dibujan tus detalles.

Estás presente en el tráfico de viernes,

en el cordón de ojos azules y cobrizos;

En cada pixel de la pantalla,

-a las nueve y a las cinco-

la luz blanca me interroga

y el reloj reclama tu vacío.

Te veo -con obsesión- en la rutina;

te escondes entre párrafos ajenos,

en la pesadilla de informes imprecisos,

en las teclas que conservan tu tibieza.

No hay tranquilidad en cada pausa;

te encuentro —sin querer— en los reflejos,

en los vidrios que deforman los semblantes;

en el bocadillo de las diez de la mañana

y en la taza de café, que sabe amargo.

Me repite -el cerebro -que no existes,

pero el aire murmura tu silueta

y me observas desde el borde de mis párpados.

Espero que la cordura no regrese,

existir -mortal- en esta fiebre cegadora;

en la falsedad de seguir ardiendo

y en el espejismo que respiro.

El hablante poético atraviesa un día de trabajo donde la rutina se mezcla con la obsesión. En cada gesto cotidiano —el tráfico, la pantalla, el café— se filtra la presencia ausente de un deseo imposible. La cordura es una amenaza, y la vida, una fiebre cegadora que sostiene el espejismo de existir.

Avaricia

César Raúl González Bonilla

Quien tiene apetito infinito, se debora a sí mismo

Acumulo un hambre insaciable;

el apetito y la sed ansiosa, enfurecida:

deseo lo que tuve, lo que no,

lo que nunca será mío.

Quiero la voz ajena guardada en mi bolsillo,

el afecto firmado a mi nombre,

el amor registrado como propiedad privada,

las miradas que ya no me buscan

y la ternura doblada en una servilleta desechable.

Cuento las ausencias en billetes;

tengo sed y hambre de todo lo existente

lo ilusorio y lo aparente.

Colecciono necesidades de piel, de nubes, de promesas.

Tengo deseo del deseo,

anhelo el vértigo de anhelar.

Me faltan las ganas de soltarlo todo,

atesoro ausencias, desiertos y vacíos.

El poema Avaricia retrata un yo lírico dominado por un deseo insaciable que lo lleva a acumular afectos, recuerdos y vacíos. La avaricia se convierte en una obsesión emocional y existencial que nunca se satisface, devorándolo desde adentro. Al final, el texto revela que ese afán de poseerlo todo solo conduce a un vacío más…

La noche en el salitre

César Raúl González Bonilla

UNO

Tomó el revólver Smith and Wesson calibre .22 y lo presionó contra su sien derecha. No lo hizo con fuerza, pero sí con el pulso firme. Al sentir el frío metal del cañón sobre su piel, se dispuso a tirar del gatillo. Sin prisa cerró los ojos, como preparándose para degustar el mejor de los vinos.  En el silencio de la noche, una lámpara alumbraba la biblioteca de la enorme residencia con su luz tenue, casi sutil. Abrió los ojos porque tuvo la impresión de haber olvidado algo y, al dirigir su mirada hacia abajo, notó que la carta no estaba firmada. En la hoja el papel membretado se leía, en un par de líneas, el lugar común de “no se culpe a nadie de mi muerte”, que suele escribirse en circunstancias como ésta. Aflojó el puño derecho y colocó el revólver en el escritorio, pensó que tal vez hacía falta incluir un poco más de explicaciones, pero luego reflexionó que nadie habría de detenerlo. En ese momento, él era dueño, por primera vez, de su propio porvenir y no tenía que justificar sus acciones ante nadie.

La pluma fuente se negó a escribir, por lo que debió rayar varias veces la hoja superior de un block de notas; la tinta finalmente resurgió manchando uno de sus dedos. Pensó que sería mejor en adelante utilizar un bolígrafo común, en lugar de su pluma elegante estilográfica. Le tomó varios minutos limpiar su mano,   buscó en algún cajón su escritorio un frasco de alcohol y un pequeño lienzo, que tenía para atender esos pequeños accidentes. Quizá por esa distracción omitió escribir la fecha y se limitó a estampar su firma.

En la pared de la biblioteca, a un lado del estante donde descansan los libros polvorientos, el salitre ya había consumido un trozo de pared. La pintura corroída llamó su atención, trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma. Prendió su pipa y aspiró con calma el humo, sin dejar de mirar la imperfección en la pared.

DOS

A ella no le disgustaba lavar los trastes, casi lo disfrutaba. Mientras el agua corría por sus manos y se escapaba por entre la espuma de sus dedos. Era como la lluvia, una sensación placentera muy parecida a la libertad. Su abuela siempre venía a su memoria, recordaba aquella ocasión en la que fue por primera vez a la playa, cómo juntas contemplaron el mar, hicieron catillos en la arena y vieron al sol esconderse detrás del horizonte. Por eso musitaba -como un zumbido- una canción de cuna, mientras las migajas húmedas flotaban en espiral hacia el sumidero.  Los platos y los vasos utilizados en la cena quedaban limpios uno a uno. El arte y el hábito nocturno de dejar limpia la cocina fueron interrumpidos por un sonido seco que se escuchó como un fuetazo.

La noche se detuvo, pero el agua siguió corriendo y llenó la tarja, mientras ella se apresuró a subir las escaleras para llegar al estudio. El corazón quería fugarse de su pecho cuando abrió la puerta y sintió el olor a pólvora. La media luz apenas alumbraba el cuerpo inmóvil reclinado en el escritorio, con la cabeza apoyada sobre su lado izquierdo y una pequeña mancha redonda en la sien derecha. Con los ojos abiertos parecía observar con atención una botadura en la pared, donde el salitre ya había consumido la pintura. Ella también fijó su mirada en la pared y trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma.

El amor hecho realidad

Cesar González Bonilla

José Luis escribía poemas a su novia, le entregaba flores y juntos comían almendras y manzanas. Era un novio dulce, que sólo deseaba beber de los labios de su amada, oler su pelo y probar el sabor azucarado de sus pequeños pechos. La invitó a salir y fueron a cenar, pasearon juntos por el parque y disfrutaron de la lluvia tomados de la mano. La miró con deseo y con hambre de su cuerpo. A partir de octubre no se supo más de Alejandra. Meses después la policía encontró sus trozos dentro del refrigerador en el apartamento del poeta, quien había estado escribiendo versos saboreando a su novia, inspirado por el delicioso sabor de las almendras.

Remolino nocturno

César Raúl González Bonilla

Estacioné mi carro frente al apartamento y alcancé a ver cómo salía por el pasillo un joven fajándose la camisa. Sentí que se incendiaba la sangre en mi cerebro. No lo pensé, fue puro instinto tomar el desarmador que guardaba en la guantera del automóvil. Caminé de prisa, subí los escalones de dos en dos, deseando que no fuera cierto lo que tanto me temía. El corazón quería escapar por mi boca, se me taparon los oídos y ya no escuché más nada. Toqué primero con sospechas, después golpeé la puerta varias veces. Abrió confundida y yo embestí con violencia. La madera se rajó y la estancia se llenó de furia. Empuje su cuerpo y de pronto me vi con ella tirado en el suelo. Alcancé a distinguir dos copas medio llenas y la cama destendida. Una saliva espesa ahogó mis palabras, la jalé del cabello y la tiré en la cama. Confundida trató de incorporase, tal vez quiso decir algo, me monté sobre ella y le arranqué la voz con un beso, que luego se convirtió en mordida y después en tarascada. Empuñé el desarmador con poderío y lo hundí en su pecho hasta el mango y luego lo giré con energía en el sentido de las manecillas del reloj. Luchó con fuerza rasgando mi camisa y rasguñándome la espalda. Giramos como giran los tornados. No hubo gritos porque yo masticaba sus labios mientras hundía el desarmador hasta mis uñas. Un hilo de sangre manchó la fotografía del buró, gimió tal vez un poco, apretó las sábanas y suspiró aflojando las manos, para luego quedar inmóvil mirando fijamente el techo del apartamento. Me senté llorando al borde de la cama, mis lágrimas se mezclaron con su sangre y mi boca se tragó sus labios. Afuera, las nubes lloraron conmigo y la calle se cubrió de viento.

—¿Por qué no me quieres? ¡Si yo te quiero tanto!

El taller del artesano

César Raúl González Bonilla

El artesano trabajaba con materiales sencillos, imaginación y habilidad de manos. Era el mejor hacedor de demonios y su taller el más solicitado. Todas las noches, a la luz de una vela, puntada a puntada, confeccionaba demonios y fantasmas a la medida de los temores de los clientes. Luego los cosía a sus cuerpos y sombras con tal perfección que, los fantasmas solían morir  junto con el cadáver de sus dueños.  Una noche,  cierto demonio se desprendió de la sombra y  quedó solo entre los vivos. Lo invadió tal amargura que inconsolable vistió al artesano, lo tomó por cuello y juntos se perdieron en el fuego de la vela.

El hombre caviloso

César Raúl González Bonilla

Pensar demasiado también es una forma de sufrir

Mi padre es una persona cavilosa. Él se considera así y él mismo me enseñó, en la práctica, a precisar el concepto. Fue en un desayuno un sábado por la mañana, sucedió en el VIPS al que acudo cada semana con mis viejos. Por alguna vía inesperada en la intrincada maraña de las conversaciones, mi anciano padre se sincera y desnuda sus entrañas, casi confesando sus pecados.  En la sobremesa cuenta muchas historias de cómo los celos lo consumieron tanto y cómo los pequeños detalles, aparentemente sin importancia, desatan los más feroces huracanes. En medio de las historias yo sólo volteaba a ver a mi madre y le preguntaba que si era cierto. Después de cincuenta años de aquellas escenas, ella todavía se justificaba.

A tu papá créele la mitad, es que ese muchacho quería ser mi novio, pero yo lo cité en aquel café para decirle que ya me dejara en paz.

Increíble. Yo pienso que mi madre debió haber terminado con mi padre desde el principio, no tenía por qué soportar a Otelo disfrazado de estudiante de medicina; pero luego rectifico, gracias a la paciencia y tolerancia de aquella joven, aquí estoy yo desayunado y escuchando sus historias. Rosalba,  nuestra mesera de siempre, se acerca a saludarme

-¿Cómo está señor?

y yo le digo divertido

-Pues acá enterándome de las historias de celos de mis viejos

La joven se ríe conmigo, sirve café con mucha calma, sólo para ver qué escucha y saber qué sucedió entre los dos octogenarios, hace más de sesenta años. Sin embargo, termina de llenar las tazas y luego  se retira.

Para mi padre, hombre caviloso, las cosas no pueden ser sencillas. No puedo platicar todas escenas truculentas, espantables y siniestras que pasaron la pareja de ancianos que desayunan conmigo todos los sábados, porque no me corresponde hacerlo, no en este momento. Pero puedo relatar una estampa, sólo una pincelada que puede pintar al hombre caviloso de cuerpo entero.

Comenzaban los años setentas, que suerte de vivirlos, cuando yo era adolescente. Mi hermano estaba en Francia haciendo un doctorado en ingeniería eléctrica. Se había separado del vientre de su casa recientemente, cuando mi padre recibió una carta en la que él le pedía que le enviase algunos documentos. Hay que tomar en cuenta que, en aquel entonces, todo se arreglaba mediante el correo. Creo yo que ni siquiera habría FAX en esos días.

Yo me encontraba de vacaciones, de tal manera una mañana fui  designado a llevar tres cartas al correo. Mi padre, antes de irse a su trabajo, primero hizo un mapa mental de todos los pasos necesarios para que la tarea se cumpliese, luego la pasó al papel y escribió en una hoja de tamaño carta, de cuadritos, un título a su plan general de acción “Llevar cartas al correo” y luego la hora. El hombre caviloso requiere tener el control de todos los detalles y mover todos los hilos.

Luego describió la operación paso por paso. Uno, tomar el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente. Dos, bajar enfrente del correo de Cuitláhuac. Tres, comprar seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50. Cuatro, verificar que los timbres de $2.75 tengan impresa la leyenda “entrega inmediata”. Cinco, pegar en la esquina superior derecha de la cada carta un timbre de $2.75 y uno de $1.50. Seis, depositar las cartas en la ranura del buzón que diga “correo internacional”. Siete, atravesar la calle y tomar el trolebús  Chapultepec-La Villa rumbo oriente. Ocho, terminar antes del las dos de la tarde. Nueve,  reportarse por teléfono una vez terminada la empresa.

Mi padre me llamó a su cuarto, me explicó la “operación cartas”, me leyó su lista de verificación y luego hizo que yo la leyera.  Por último, para estar seguro, hizo que la repitiera paso por paso.  Con enfado repetí las instrucciones, una por una. No era cosa de alegar. Mi instinto de conservación ya había aprendido a no hacer mayor comentario. El hombre caviloso gana cualquier argumento.  Me entregó tres cartas y me dio $15.00.

Para mi, elaborar un plan tan complicado  y repetir paso por paso mi tarea era, simplemente estúpido y consideré que mi padre me suponía estúpido. De tal manera que me no hice mucho caso. Según yo la misión era sencilla. Para mi padre no, el hombre caviloso es desconfiado. Para mi la orden fue como “acá tienes estas pinches cartas y las llevas a correo, lo más temprano que se pueda”. Desayuné de prisa y llamé por teléfono a mi primo, otro adolescente, que vivía enfrente de mi casa y le pedí que me acompañara a cumplir el encargo. Eché las cartas a la bolsa de mi chamarra y, por supuesto, deje la lista de cotejo, por ahí arrumbada. Y así salimos,  pero -primer error- decidimos aprovechar la mañana y paseamos por el centro. Tomamos nuestro camión y luego el metro y llegamos a la estación Bellas Artes, caminamos por las calles que apenas abrían los comercios, curioseamos las tiendas de discos, aquellos de vinil hoy inexistentes, vimos libros e instrumentos musicales. No compramos nada pero, la pasamos bien. Platicamos de lo que platican los jóvenes, de futbol y de las niñas.

Pasamos al magnífico edificio  del Correo Mayor,  con sus marquesinas llenas de dragones fabulosos y su espectacular escalinata central de dorada herrería. Me acerqué a un mostrador cualquiera, compré tres timbres de entrega inmediata, se los puse a las cartas, busque el buzón de correo internacional más cercano, abrí la ranura y su boca se comió mis cartas por completo. Misión cumplida y regresé a mi casa. Me reporté a mi padre por teléfono y allí comenzó mi via crucis.

Por supuesto que yo no me detuve a hacer las cuentas –segundo error- porque mi padre, hombre caviloso, indudablemente ya las había hecho. Tres timbres de $2.75 suman $8.25 más los tres timbres de $1.50 suman $4.50, Total en timbres $12.75 más un peso de transporte son un gran total de $13.75, de tal manera que el esperaba un cambio se $1.25.

Mi padre, antes de darse por satisfecho, repitió nuevamente su lista de cotejo. El hombre caviloso es suspicaz.

-¿Tomaste el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente?

-Sí, papá.

Tercer error, primera mentira. Pero, no me puse nervioso ni sentí culpa. El resultado fue el mismo y la tarea se había cumplido esencialmente, en tiempo y forma.

-¿Compraste  seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50?

– Sí, papá.

Contesté con enfado. Cuarto error, segunda mentira. En ese momento, no me sentí atrapado. Después de todo, yo compré timbres de entrega inmediata y las cartas se fueron por el buzón adecuado. Pero mi padre, hombre caviloso, continuó indagando.

-¿Verificaste que los timbres de $2.75 tuviesen la leyenda entrega inmediata?

-Sí, sí papá.

Ya contesté casi molesto. Quinto error. Tercera mentira. Aunque los timbres eran de entrega inmediata. Sólo Dios sabe cuanto costaron, ni siquiera puse dos, uno fue suficiente. Y luego vino la pregunta crucial, la que cambió mi vida.

-¿Cuánto te sobró  de cambio?

Contesté sin malicia, pero ya estaba adentro de la red. Estaba atrapado.

-Dos pesos, acá te los tengo.

Sexto error. Las cuentas no le cuadraron a mi padre, por varias razones, porque ni tomé el trolebús ni compré los timbres indicados. El hombre caviloso es detallista, no deja cabos sueltos.

El hombre caviloso acumula presión y luego estalla como un volcán en erupción, destrozando todo lo que se atraviesa al paso de su nube piroclástica. El teléfono comenzó a subir de temperatura y  luego a echar humo por el auricular. Mi padre comenzó un interrogatorio más acucioso y mucho más incisivo. De tal manera que tuve que ir aceptando uno por uno los errores y las mentiras. Estaba furioso. El hombre caviloso sufre y hace sufrir a los que quiere. Me dio la indicación de regresar al correo, recuperar las cartas y ponerlas en la oficina adecuada. Por supuesto, con los timbres indicados.

Le pedí dinero a mi madre para comprar los timbres que mi padre consideraba correctos y nuevamente salí hacia la calle. Llegué al centro, odiando las pinches cartas y entré a edificio del Correo Mayor. Traté de localizar el mostrador donde compre los timbres. Me atendió un burócrata de corbata y de bigotito recortado, tipo Juan Penas, como se estilaba entonces. Por supuesto que me mandó a la fregada en dos segundos. Insistí en la siguiente ventanilla. Ahí me atendió una señora más vieja y más amable, seguramente que no tenía mucho que hacer o de plano quería enterarse del chisme, del por qué este muchacho quería que le devolvieran las cartas, que apenas una hora antes había echado al buzón. Me explicó que esa era la oficina central del correo, que no me preocupara, que las cartas llegarían, pero me vio tan angustiado por recuperar mis cartas que se asomó al enorme saco. Se acercó una tercera oficinista y preguntó que pasaba. Para esto, yo ya me sentía la peor de las cucarachas de la oficina.

-¡Huy no¡ Esas cartas ya no están, ya se las llevaron.

Y la señora, la buena gente, me miró, se encogió de hombros y me dijo

-Ni modo, ya no se pueden encontrar tus cartas.

Regrese a mi casa con las manos vacías y pasé el resto de la tarde, esperando el regaño que seguramente llegaría por la noche.

El psicótico generalmente escoge a sus víctimas al azar. Una persona entra al baño equivocado, donde se encuentra la persona equivocada y ya no sale por su propio pie, lo lleva una ambulancia a un hospital con un balazo en la cabeza. En este caso hay poca medicina preventiva por aplicar, pero siempre es posible no meterse a lugares y situaciones peligrosas. Pero situaciones como esta, son las excepciones, generalmente tratamos con otro tipo de personas. Algunas son personalidades tóxicas, las que suelen pescar a sus víctimas una por una, con una caña y con anzuelo. Un pez puede moverse, nadar, tratar de escapar y no morder la carnada. En el tráfico intenso de la ciudad, cometes un error y te le cierras al automóvil que viene en tu punto ciego, atrás a la derecha. El conductor se adelanta y te mienta la madre. Tú decides, ¿te enganchas o no en ese anzuelo? En la fila de la caja de estacionamiento un individuo te empuja mientras tú recibes tu cambio. Tú decides, ¿muerdes el anzuelo?

Pero el hombre caviloso no pesca con caña y con anzuelo, pesca con red y no tiene una sola víctima. El hombre caviloso atrapa a todos los cercanos. Se enreda sólo y enreda a todos los demás en sus marañas mentales. En sus laberintos cualquier camino lleva al fondo del abismo. Si te quedas callado es malo y si dices algo, es peor.  Cuando tratan de pescarte  con una red, tienes todavía la opción de huir, alejarte lo más que puedas y hacerlo lo más rápido posible, porque puede ser cuestión de vida o muerte. Pero cuando tu padre es un hombre caviloso, es simple, no hay escapatoria.

Mi padre regresó por la noche y comenzó su cacería. En la jauría de la vida el perro líder  prevalece, toma por el cuello a sus cachorros y los somete con el lomo contra el suelo. Rara vez les hace daño físico, pero ladra y gruñe fuertemente, demostrando de una manera violenta y ruidosa que él se encuentra en el escalafón  más alto y que el sitio más bajo del grupo pertenece al perro omega. El hombre caviloso trata siempre de ser el perro alfa.

En la discusión los dos caímos al precipicio porque un adolescente nunca se queda callado, porque lucha y se defiende, complicando más las cosas. Así, transité por varias encrucijadas de las sinuosidades mentales de mi padre, de incapaz a atolondrado, de atolondrado a incompetente y de ahí a irresponsable. De descuidado reboté a apático y después a insensato y de ahí brinqué a insolente. Pasé por sarcástico y con un salto mortal a incapaz y perezoso.  Mi madre y mi hermana cayeron como moscas en las mismas telarañas y se convirtieron, también por varias rutas metabólicas de aquella maraña, en mala madre y mala hermana. El hombre caviloso deja de pensar con claridad hasta que la calma vuelve.

Los días transcurrieron y la escena se repitió en varias ocasiones. Mi padre se preocupaba por los cientos de desenlaces funestos resultantes de la omisión de aquellos documentos y todos fuimos rebotando como pelotas dentro una urna en un sorteo. Mi padre metía la mano y sacaba una bolita y anunciaba el ganador de la noche. Habló por teléfono varias veces con mi hermano y a no sé a qué tantas oficinas y embajadas. El hombre caviloso no sufre una vez, padece el mismo mal muchas veces. Cuando mi padre olvidaba el asunto, la vida regresaba a la normalidad y era la persona amorosa de siempre. El hombre caviloso se arrepiente.  

Como dije anteriormente, al hombre caviloso nunca podrás ganarle un argumento. Sin embargo, quiso el destino  hacer conmigo una excepción para confirmar la regla. Casi un mes después de que se me ocurrió pasear por el centro de la ciudad para dejar tres cartas en un buzón cualquiera, llegó una carta de mi hermano, dándole las gracias a mi padre por los documentos y porque las pinches cartas habían llegado más rápido que de costumbre. Como si mi hermano y yo nos hubiésemos puesto de acuerdo. Yo me regocijé mucho con el giro inesperado de la historia, lo gocé tanto que no paraba de reír por la ironía. De cualquier manera de nada sirvió y fue sólo un triunfo inesperado, sólo mío, porque el hombre caviloso es incapaz de ofrecer una disculpa.

¿Soy un hombre caviloso? Pues, no está en mí calificarme, no por el momento, pero puedo ofrecer dos piezas de evidencia. La primera, releyendo las cartas que escribí desde Baltimore cuando hice mi estancia postdoctoral y tuve que dejar por un tiempo a mi familia.  He notado que están llenas de instrucciones, en las que explico paso por paso, número a número alguna misión imposible para mi esposa. Están llenas de situaciones aciagas y nefastas. Luego me despido y le pido a mi compañera que se cuide de todo tipo de calamidades que pudiesen sucederle. Son extraordinarias, pues contienen lo mismo que critico de mi padre y merecen ser contadas de manera independiente. Material interminable para el deleite de Socorro, la psicóloga de mi esposa (¡Qué nombre para un sicólogo!). Por mi parte, mi hijo menor tiene el ofrecimiento de una beca permanente para visitar a su psicólogo y trate de componer todo lo que haya yo echado a perder.

La segunda pieza de evidencia también viene de un desayuno mañanero. No hace mucho, nos encontrábamos en un Sanborns mi esposa, mis dos hijos y yo. Yo me quejaba de lo difícil que a veces resulta tratar con mi padre y sostener una conversación en un punto neutro y mantenerse al filo de la navaja. Hablar del clima o de política, porque  si comento algo acerca de mi trabajo, mi padre de inmediato comienza a elaborar en su mente que algo anda mal y que están por destituirme o que mi laboratorio está a punto de sufrir la explosión de una supernova. Si no comento nada, mi padre fabrica cientos de motivos por los que prefiero no hablar de mi trabajo. El resultado es el mismo, invariablemente ominoso y perpetuamente sombrío. La mente del hombre caviloso es un tren desbocado, no puede detenerse.

Mi hijo mayor, siempre inteligente, me dijo que dejara de quejarme, pues  él tiene más motivo para lamentarse, ya que debe lidiar con los dos, con su padre y con su abuelo. Asentí con la cabeza, pero mi hijo menor, el más serio y taciturno, el que forma los chícharos en fila india, para comérselos en orden y uno por uno, fue más terminante

¡No se quejen! Yo tengo que lidiar con abuelo, padre y hermano.

Mi esposa, amorosa como es con sus hijos -no conmigo, por supuesto- no dejó lugar a dudas,

-Pues yo tengo que lidiar con los cuatro, pero a estos dos los quiero mucho.

Fue contundente. Señaló a sus hijos y les dio un beso. Nos miramos los tres hombres cavilosos y no tuvimos más remedio que darle la razón. Si no fuese por su infinita tolerancia, no estuviésemos en paz desayunando. Seguimos tomando café y conversando de otra cosa.

¿Serán genes perversos?

En un tono íntimo y reflexivo, el narrador evoca a su padre, “el hombre caviloso”: un ser minucioso, desconfiado y obsesionado con el control. A través del recuerdo de una anécdota juvenil —el encargo de llevar unas cartas al correo— reconstruye la compleja relación entre ambos, marcada por la rigidez paterna y la culpa filial.…