Carrusel

César Raúl González Bonilla

Aquí no hay destino final,

sólo una condena giratoria.

El lunes por la noche

respiro el aire enrarecido,

-fastidio habitual-

del silencio, que se sirve con la cena.

Cada quien corta su rebanada de disgusto

y le pone mantequilla.

El martes se revuelve entre las sábanas,

y el frío se congela con tu espalda.

El miércoles -siempre es de ceniza-,

viaja despacio en la penumbra,

y se desliza por el borde cansado de tu boca.

Se conforman jueves y viernes

mientras desgajo mi naranja

y tomo el cereal de la mañana.

Tu cuerpo húmedo concede,

y aún conserva la forma del deseo.

Ya es domingo y conversamos

y -por un instante-

creo ver en tu mirada

que no hemos muerto del todo.

Mañana por la noche,

cada quien cortará su rebanada de disgusto

y le untará mermelada.

Aquí, sólo una condena giratoria.

Carrusel retrata la rutina emocional de una pareja atrapada en la circularidad de los días. Cada jornada se convierte en un espejo del tedio, la costumbre y la resignación: desayunos, silencios, fragmentos de deseo que sobreviven a la inercia. El poema transita del fastidio cotidiano al eco del amor que aún persiste, aunque apenas respire.…

Desamor a mediodía

César Raúl González Bonilla

“Ya no te quiero. La vida contigo es como caer al vacío, creo que esto debe terminar”. Se lo dijo con frialdad porque era algo que los dos sabían. Se lo dijo sin rencor porque los sentimientos habían quedado atrás.  Estaban a punto de comer, pusieron la mesa sin cruzar palabras o miradas. El reloj se detuvo a la una y quince cuando un estruendo que brotaba desde el suelo los retornó de la ausencia. La fuerza del terremoto estremeció la pared, tiro vasos y jarrones. Se abrazaron con fuerza y trataron de avanzar hacia la puerta, cedieron entonces las losas y los dos cayeron al abismo. Los envolvió la obscuridad y quedó el silencio en los escombros. Y fue así como en ochenta segundos, la tierra decidió por ellos.

Remolino nocturno

César Raúl González Bonilla

Estacioné mi carro frente al apartamento y alcancé a ver cómo salía por el pasillo un joven fajándose la camisa. Sentí que se incendiaba la sangre en mi cerebro. No lo pensé, fue puro instinto tomar el desarmador que guardaba en la guantera del automóvil. Caminé de prisa, subí los escalones de dos en dos, deseando que no fuera cierto lo que tanto me temía. El corazón quería escapar por mi boca, se me taparon los oídos y ya no escuché más nada. Toqué primero con sospechas, después golpeé la puerta varias veces. Abrió confundida y yo embestí con violencia. La madera se rajó y la estancia se llenó de furia. Empuje su cuerpo y de pronto me vi con ella tirado en el suelo. Alcancé a distinguir dos copas medio llenas y la cama destendida. Una saliva espesa ahogó mis palabras, la jalé del cabello y la tiré en la cama. Confundida trató de incorporase, tal vez quiso decir algo, me monté sobre ella y le arranqué la voz con un beso, que luego se convirtió en mordida y después en tarascada. Empuñé el desarmador con poderío y lo hundí en su pecho hasta el mango y luego lo giré con energía en el sentido de las manecillas del reloj. Luchó con fuerza rasgando mi camisa y rasguñándome la espalda. Giramos como giran los tornados. No hubo gritos porque yo masticaba sus labios mientras hundía el desarmador hasta mis uñas. Un hilo de sangre manchó la fotografía del buró, gimió tal vez un poco, apretó las sábanas y suspiró aflojando las manos, para luego quedar inmóvil mirando fijamente el techo del apartamento. Me senté llorando al borde de la cama, mis lágrimas se mezclaron con su sangre y mi boca se tragó sus labios. Afuera, las nubes lloraron conmigo y la calle se cubrió de viento.

—¿Por qué no me quieres? ¡Si yo te quiero tanto!