El amor hecho realidad

Cesar González Bonilla

José Luis escribía poemas a su novia, le entregaba flores y juntos comían almendras y manzanas. Era un novio dulce, que sólo deseaba beber de los labios de su amada, oler su pelo y probar el sabor azucarado de sus pequeños pechos. La invitó a salir y fueron a cenar, pasearon juntos por el parque y disfrutaron de la lluvia tomados de la mano. La miró con deseo y con hambre de su cuerpo. A partir de octubre no se supo más de Alejandra. Meses después la policía encontró sus trozos dentro del refrigerador en el apartamento del poeta, quien había estado escribiendo versos saboreando a su novia, inspirado por el delicioso sabor de las almendras.

La mirada del fantasma

César Raúl González Bonilla

Es la mirada de mi fantasma no quiere retirarse, me espía durante el día y me acosa por las noches. Llega agazapado y silencioso como un cuervo que quiere alimentarse de mi vientre.  Un día lo atrapé por la espalda y le hundí un cuchillo por el cuello.  Terminé con el espectro, pero no sirvió de nada porque sus ojos me persiguen. Dicen que maté a mi madre y que por eso  estoy aquí, en esta celda de concreto; pero no es cierto, es el fantasma que me mira desde dentro.

El taller del artesano

César Raúl González Bonilla

El artesano trabajaba con materiales sencillos, imaginación y habilidad de manos. Era el mejor hacedor de demonios y su taller el más solicitado. Todas las noches, a la luz de una vela, puntada a puntada, confeccionaba demonios y fantasmas a la medida de los temores de los clientes. Luego los cosía a sus cuerpos y sombras con tal perfección que, los fantasmas solían morir  junto con el cadáver de sus dueños.  Una noche,  cierto demonio se desprendió de la sombra y  quedó solo entre los vivos. Lo invadió tal amargura que inconsolable vistió al artesano, lo tomó por cuello y juntos se perdieron en el fuego de la vela.

El demonio de Carlitos

César Raúl González Bonilla

DSCF1251

Soy el demonio que vive en la cabeza de Carlitos.  Lo conozco  desde pequeño,  he tratado de mostrarle cómo es el terror a la obscuridad,  introducirme en sus sueños y causarle pesadillas. Quiero ahondar en sus emociones, estremecerlo para ser el fiel de la balanza y lograr que elaboren lágrimas sus ojos, pero el niño parece no sentir escalofríos y nunca lo he visto padecer pánico o angustia. Es insensible, lejano, indiferente y su sonrisa es más bien una mueca que evoca la crueldad de un lince que juega con su presa.  Le gusta experimentar con la violencia y la saña, se divierte con juegos perversos, como ese de rociar con gasolina al gato y prenderle fuego sólo para ver qué tanto brinca.  Soy el demonio que vive en la cabeza de Carlitos,  tengo miedo del destino y no puedo abandonarlo.