El jefe humillante

César Raúl González Bonilla

El espejo nunca miente, pero siempre juzga

“Eres un verdadero imbécil, un imbécil verdadero”. Se lo dijo una, dos y tres veces, con ironía y con odio, como si tuviese la intención de hundir un cuchillo en su garganta. El joven lo miró a los ojos sólo un instante y continuó cumpliendo su pequeña tarea cotidiana. “No sirves para este trabajo, busca otro que tolere tus estupideces”. El joven nuevamente cruzó su mirada con la suya y guardó silencio. Terminó de ponerse la corbata, verificó que el nudo fuera perfecto, alisó su pelo y se alejó sin decir una palabra. La imagen quedó sola, muda, esperando la mañana siguiente, agazapada en la delgada capa de mercurio que cubría el vidrio del espejo.

 

Porvenir

César Raúl González Bonilla

¿Qué será de mí cuando te vayas?

Quizás,

seré monje flagelante por un rato,

rumiaré mis errores y asumiré mis fallas,

cargaré una cruz y desgarraré mi espalda.

¿Qué será de mí cuando te marches?

Posiblemente,

recorrerás el pasillo hasta perderte

dejando una estela de reproches,

que llenaron nuestro espacio muchas veces.

¿Qué será de mí cuando te apartes?

Es seguro que te diga,

quédate allá, mejor no vengas

y empalágate de Arjona.

Perderé, de esta manera,

un pedazo de memoria,

me embriagaré de vida

y recobraré el silencio de la euforia.

Un poema irónico, melancólico y a la vez liberador. Mezcla el tono dramático inicial con un giro burlón (“empalágate de Arjona”), mostrando un yo lírico que, tras el dolor anticipado, se reencuentra con el gozo y el silencio. Tiene un pulso fresco y sincero. El poema explora el estado emocional de quien anticipa la partida…

El hombre caviloso

César Raúl González Bonilla

Pensar demasiado también es una forma de sufrir

Mi padre es una persona cavilosa. Él se considera así y él mismo me enseñó, en la práctica, a precisar el concepto. Fue en un desayuno un sábado por la mañana, sucedió en el VIPS al que acudo cada semana con mis viejos. Por alguna vía inesperada en la intrincada maraña de las conversaciones, mi anciano padre se sincera y desnuda sus entrañas, casi confesando sus pecados.  En la sobremesa cuenta muchas historias de cómo los celos lo consumieron tanto y cómo los pequeños detalles, aparentemente sin importancia, desatan los más feroces huracanes. En medio de las historias yo sólo volteaba a ver a mi madre y le preguntaba que si era cierto. Después de cincuenta años de aquellas escenas, ella todavía se justificaba.

A tu papá créele la mitad, es que ese muchacho quería ser mi novio, pero yo lo cité en aquel café para decirle que ya me dejara en paz.

Increíble. Yo pienso que mi madre debió haber terminado con mi padre desde el principio, no tenía por qué soportar a Otelo disfrazado de estudiante de medicina; pero luego rectifico, gracias a la paciencia y tolerancia de aquella joven, aquí estoy yo desayunado y escuchando sus historias. Rosalba,  nuestra mesera de siempre, se acerca a saludarme

-¿Cómo está señor?

y yo le digo divertido

-Pues acá enterándome de las historias de celos de mis viejos

La joven se ríe conmigo, sirve café con mucha calma, sólo para ver qué escucha y saber qué sucedió entre los dos octogenarios, hace más de sesenta años. Sin embargo, termina de llenar las tazas y luego  se retira.

Para mi padre, hombre caviloso, las cosas no pueden ser sencillas. No puedo platicar todas escenas truculentas, espantables y siniestras que pasaron la pareja de ancianos que desayunan conmigo todos los sábados, porque no me corresponde hacerlo, no en este momento. Pero puedo relatar una estampa, sólo una pincelada que puede pintar al hombre caviloso de cuerpo entero.

Comenzaban los años setentas, que suerte de vivirlos, cuando yo era adolescente. Mi hermano estaba en Francia haciendo un doctorado en ingeniería eléctrica. Se había separado del vientre de su casa recientemente, cuando mi padre recibió una carta en la que él le pedía que le enviase algunos documentos. Hay que tomar en cuenta que, en aquel entonces, todo se arreglaba mediante el correo. Creo yo que ni siquiera habría FAX en esos días.

Yo me encontraba de vacaciones, de tal manera una mañana fui  designado a llevar tres cartas al correo. Mi padre, antes de irse a su trabajo, primero hizo un mapa mental de todos los pasos necesarios para que la tarea se cumpliese, luego la pasó al papel y escribió en una hoja de tamaño carta, de cuadritos, un título a su plan general de acción “Llevar cartas al correo” y luego la hora. El hombre caviloso requiere tener el control de todos los detalles y mover todos los hilos.

Luego describió la operación paso por paso. Uno, tomar el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente. Dos, bajar enfrente del correo de Cuitláhuac. Tres, comprar seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50. Cuatro, verificar que los timbres de $2.75 tengan impresa la leyenda “entrega inmediata”. Cinco, pegar en la esquina superior derecha de la cada carta un timbre de $2.75 y uno de $1.50. Seis, depositar las cartas en la ranura del buzón que diga “correo internacional”. Siete, atravesar la calle y tomar el trolebús  Chapultepec-La Villa rumbo oriente. Ocho, terminar antes del las dos de la tarde. Nueve,  reportarse por teléfono una vez terminada la empresa.

Mi padre me llamó a su cuarto, me explicó la “operación cartas”, me leyó su lista de verificación y luego hizo que yo la leyera.  Por último, para estar seguro, hizo que la repitiera paso por paso.  Con enfado repetí las instrucciones, una por una. No era cosa de alegar. Mi instinto de conservación ya había aprendido a no hacer mayor comentario. El hombre caviloso gana cualquier argumento.  Me entregó tres cartas y me dio $15.00.

Para mi, elaborar un plan tan complicado  y repetir paso por paso mi tarea era, simplemente estúpido y consideré que mi padre me suponía estúpido. De tal manera que me no hice mucho caso. Según yo la misión era sencilla. Para mi padre no, el hombre caviloso es desconfiado. Para mi la orden fue como “acá tienes estas pinches cartas y las llevas a correo, lo más temprano que se pueda”. Desayuné de prisa y llamé por teléfono a mi primo, otro adolescente, que vivía enfrente de mi casa y le pedí que me acompañara a cumplir el encargo. Eché las cartas a la bolsa de mi chamarra y, por supuesto, deje la lista de cotejo, por ahí arrumbada. Y así salimos,  pero -primer error- decidimos aprovechar la mañana y paseamos por el centro. Tomamos nuestro camión y luego el metro y llegamos a la estación Bellas Artes, caminamos por las calles que apenas abrían los comercios, curioseamos las tiendas de discos, aquellos de vinil hoy inexistentes, vimos libros e instrumentos musicales. No compramos nada pero, la pasamos bien. Platicamos de lo que platican los jóvenes, de futbol y de las niñas.

Pasamos al magnífico edificio  del Correo Mayor,  con sus marquesinas llenas de dragones fabulosos y su espectacular escalinata central de dorada herrería. Me acerqué a un mostrador cualquiera, compré tres timbres de entrega inmediata, se los puse a las cartas, busque el buzón de correo internacional más cercano, abrí la ranura y su boca se comió mis cartas por completo. Misión cumplida y regresé a mi casa. Me reporté a mi padre por teléfono y allí comenzó mi via crucis.

Por supuesto que yo no me detuve a hacer las cuentas –segundo error- porque mi padre, hombre caviloso, indudablemente ya las había hecho. Tres timbres de $2.75 suman $8.25 más los tres timbres de $1.50 suman $4.50, Total en timbres $12.75 más un peso de transporte son un gran total de $13.75, de tal manera que el esperaba un cambio se $1.25.

Mi padre, antes de darse por satisfecho, repitió nuevamente su lista de cotejo. El hombre caviloso es suspicaz.

-¿Tomaste el troblebús Chapultepec-La Villa rumbo poniente?

-Sí, papá.

Tercer error, primera mentira. Pero, no me puse nervioso ni sentí culpa. El resultado fue el mismo y la tarea se había cumplido esencialmente, en tiempo y forma.

-¿Compraste  seis timbres, dos de $2.75 y  uno de $ 1.50?

– Sí, papá.

Contesté con enfado. Cuarto error, segunda mentira. En ese momento, no me sentí atrapado. Después de todo, yo compré timbres de entrega inmediata y las cartas se fueron por el buzón adecuado. Pero mi padre, hombre caviloso, continuó indagando.

-¿Verificaste que los timbres de $2.75 tuviesen la leyenda entrega inmediata?

-Sí, sí papá.

Ya contesté casi molesto. Quinto error. Tercera mentira. Aunque los timbres eran de entrega inmediata. Sólo Dios sabe cuanto costaron, ni siquiera puse dos, uno fue suficiente. Y luego vino la pregunta crucial, la que cambió mi vida.

-¿Cuánto te sobró  de cambio?

Contesté sin malicia, pero ya estaba adentro de la red. Estaba atrapado.

-Dos pesos, acá te los tengo.

Sexto error. Las cuentas no le cuadraron a mi padre, por varias razones, porque ni tomé el trolebús ni compré los timbres indicados. El hombre caviloso es detallista, no deja cabos sueltos.

El hombre caviloso acumula presión y luego estalla como un volcán en erupción, destrozando todo lo que se atraviesa al paso de su nube piroclástica. El teléfono comenzó a subir de temperatura y  luego a echar humo por el auricular. Mi padre comenzó un interrogatorio más acucioso y mucho más incisivo. De tal manera que tuve que ir aceptando uno por uno los errores y las mentiras. Estaba furioso. El hombre caviloso sufre y hace sufrir a los que quiere. Me dio la indicación de regresar al correo, recuperar las cartas y ponerlas en la oficina adecuada. Por supuesto, con los timbres indicados.

Le pedí dinero a mi madre para comprar los timbres que mi padre consideraba correctos y nuevamente salí hacia la calle. Llegué al centro, odiando las pinches cartas y entré a edificio del Correo Mayor. Traté de localizar el mostrador donde compre los timbres. Me atendió un burócrata de corbata y de bigotito recortado, tipo Juan Penas, como se estilaba entonces. Por supuesto que me mandó a la fregada en dos segundos. Insistí en la siguiente ventanilla. Ahí me atendió una señora más vieja y más amable, seguramente que no tenía mucho que hacer o de plano quería enterarse del chisme, del por qué este muchacho quería que le devolvieran las cartas, que apenas una hora antes había echado al buzón. Me explicó que esa era la oficina central del correo, que no me preocupara, que las cartas llegarían, pero me vio tan angustiado por recuperar mis cartas que se asomó al enorme saco. Se acercó una tercera oficinista y preguntó que pasaba. Para esto, yo ya me sentía la peor de las cucarachas de la oficina.

-¡Huy no¡ Esas cartas ya no están, ya se las llevaron.

Y la señora, la buena gente, me miró, se encogió de hombros y me dijo

-Ni modo, ya no se pueden encontrar tus cartas.

Regrese a mi casa con las manos vacías y pasé el resto de la tarde, esperando el regaño que seguramente llegaría por la noche.

El psicótico generalmente escoge a sus víctimas al azar. Una persona entra al baño equivocado, donde se encuentra la persona equivocada y ya no sale por su propio pie, lo lleva una ambulancia a un hospital con un balazo en la cabeza. En este caso hay poca medicina preventiva por aplicar, pero siempre es posible no meterse a lugares y situaciones peligrosas. Pero situaciones como esta, son las excepciones, generalmente tratamos con otro tipo de personas. Algunas son personalidades tóxicas, las que suelen pescar a sus víctimas una por una, con una caña y con anzuelo. Un pez puede moverse, nadar, tratar de escapar y no morder la carnada. En el tráfico intenso de la ciudad, cometes un error y te le cierras al automóvil que viene en tu punto ciego, atrás a la derecha. El conductor se adelanta y te mienta la madre. Tú decides, ¿te enganchas o no en ese anzuelo? En la fila de la caja de estacionamiento un individuo te empuja mientras tú recibes tu cambio. Tú decides, ¿muerdes el anzuelo?

Pero el hombre caviloso no pesca con caña y con anzuelo, pesca con red y no tiene una sola víctima. El hombre caviloso atrapa a todos los cercanos. Se enreda sólo y enreda a todos los demás en sus marañas mentales. En sus laberintos cualquier camino lleva al fondo del abismo. Si te quedas callado es malo y si dices algo, es peor.  Cuando tratan de pescarte  con una red, tienes todavía la opción de huir, alejarte lo más que puedas y hacerlo lo más rápido posible, porque puede ser cuestión de vida o muerte. Pero cuando tu padre es un hombre caviloso, es simple, no hay escapatoria.

Mi padre regresó por la noche y comenzó su cacería. En la jauría de la vida el perro líder  prevalece, toma por el cuello a sus cachorros y los somete con el lomo contra el suelo. Rara vez les hace daño físico, pero ladra y gruñe fuertemente, demostrando de una manera violenta y ruidosa que él se encuentra en el escalafón  más alto y que el sitio más bajo del grupo pertenece al perro omega. El hombre caviloso trata siempre de ser el perro alfa.

En la discusión los dos caímos al precipicio porque un adolescente nunca se queda callado, porque lucha y se defiende, complicando más las cosas. Así, transité por varias encrucijadas de las sinuosidades mentales de mi padre, de incapaz a atolondrado, de atolondrado a incompetente y de ahí a irresponsable. De descuidado reboté a apático y después a insensato y de ahí brinqué a insolente. Pasé por sarcástico y con un salto mortal a incapaz y perezoso.  Mi madre y mi hermana cayeron como moscas en las mismas telarañas y se convirtieron, también por varias rutas metabólicas de aquella maraña, en mala madre y mala hermana. El hombre caviloso deja de pensar con claridad hasta que la calma vuelve.

Los días transcurrieron y la escena se repitió en varias ocasiones. Mi padre se preocupaba por los cientos de desenlaces funestos resultantes de la omisión de aquellos documentos y todos fuimos rebotando como pelotas dentro una urna en un sorteo. Mi padre metía la mano y sacaba una bolita y anunciaba el ganador de la noche. Habló por teléfono varias veces con mi hermano y a no sé a qué tantas oficinas y embajadas. El hombre caviloso no sufre una vez, padece el mismo mal muchas veces. Cuando mi padre olvidaba el asunto, la vida regresaba a la normalidad y era la persona amorosa de siempre. El hombre caviloso se arrepiente.  

Como dije anteriormente, al hombre caviloso nunca podrás ganarle un argumento. Sin embargo, quiso el destino  hacer conmigo una excepción para confirmar la regla. Casi un mes después de que se me ocurrió pasear por el centro de la ciudad para dejar tres cartas en un buzón cualquiera, llegó una carta de mi hermano, dándole las gracias a mi padre por los documentos y porque las pinches cartas habían llegado más rápido que de costumbre. Como si mi hermano y yo nos hubiésemos puesto de acuerdo. Yo me regocijé mucho con el giro inesperado de la historia, lo gocé tanto que no paraba de reír por la ironía. De cualquier manera de nada sirvió y fue sólo un triunfo inesperado, sólo mío, porque el hombre caviloso es incapaz de ofrecer una disculpa.

¿Soy un hombre caviloso? Pues, no está en mí calificarme, no por el momento, pero puedo ofrecer dos piezas de evidencia. La primera, releyendo las cartas que escribí desde Baltimore cuando hice mi estancia postdoctoral y tuve que dejar por un tiempo a mi familia.  He notado que están llenas de instrucciones, en las que explico paso por paso, número a número alguna misión imposible para mi esposa. Están llenas de situaciones aciagas y nefastas. Luego me despido y le pido a mi compañera que se cuide de todo tipo de calamidades que pudiesen sucederle. Son extraordinarias, pues contienen lo mismo que critico de mi padre y merecen ser contadas de manera independiente. Material interminable para el deleite de Socorro, la psicóloga de mi esposa (¡Qué nombre para un sicólogo!). Por mi parte, mi hijo menor tiene el ofrecimiento de una beca permanente para visitar a su psicólogo y trate de componer todo lo que haya yo echado a perder.

La segunda pieza de evidencia también viene de un desayuno mañanero. No hace mucho, nos encontrábamos en un Sanborns mi esposa, mis dos hijos y yo. Yo me quejaba de lo difícil que a veces resulta tratar con mi padre y sostener una conversación en un punto neutro y mantenerse al filo de la navaja. Hablar del clima o de política, porque  si comento algo acerca de mi trabajo, mi padre de inmediato comienza a elaborar en su mente que algo anda mal y que están por destituirme o que mi laboratorio está a punto de sufrir la explosión de una supernova. Si no comento nada, mi padre fabrica cientos de motivos por los que prefiero no hablar de mi trabajo. El resultado es el mismo, invariablemente ominoso y perpetuamente sombrío. La mente del hombre caviloso es un tren desbocado, no puede detenerse.

Mi hijo mayor, siempre inteligente, me dijo que dejara de quejarme, pues  él tiene más motivo para lamentarse, ya que debe lidiar con los dos, con su padre y con su abuelo. Asentí con la cabeza, pero mi hijo menor, el más serio y taciturno, el que forma los chícharos en fila india, para comérselos en orden y uno por uno, fue más terminante

¡No se quejen! Yo tengo que lidiar con abuelo, padre y hermano.

Mi esposa, amorosa como es con sus hijos -no conmigo, por supuesto- no dejó lugar a dudas,

-Pues yo tengo que lidiar con los cuatro, pero a estos dos los quiero mucho.

Fue contundente. Señaló a sus hijos y les dio un beso. Nos miramos los tres hombres cavilosos y no tuvimos más remedio que darle la razón. Si no fuese por su infinita tolerancia, no estuviésemos en paz desayunando. Seguimos tomando café y conversando de otra cosa.

¿Serán genes perversos?

En un tono íntimo y reflexivo, el narrador evoca a su padre, “el hombre caviloso”: un ser minucioso, desconfiado y obsesionado con el control. A través del recuerdo de una anécdota juvenil —el encargo de llevar unas cartas al correo— reconstruye la compleja relación entre ambos, marcada por la rigidez paterna y la culpa filial.…