Reflexiones sobre mis conflictos con los eletrodomésticos

César Raúl González Bonilla

 

Estoy convencido de que en cualquier sistema biológico los conflictos no solamente suceden de manera inevitable, sino que son del todo necesarios. Ocurren como producto de la respuesta de una célula, un organismo o un sistema a las condiciones del medio ambiente y determinan la supervivencia.

La respuesta inmunitaria es un ejemplo de cómo establecemos relaciones conflictivas con los microorganismos. Imaginemos que un ratón entra e instala su domicilio en un departamento. El daño que cause depende de dónde haga su agujero. Una pequeña mordida a un cable de luz puede ocasionar un incendio, pero también el ratón puede pasar inadvertido por mucho tiempo y aún reproducirse sin ocasionar daño considerable. Los habitantes del departamento pueden no darse cuenta de que tienen un comensal, no hacerle caso a sabiendas de que anda por ahí comiendo libros o ropa, colocar cebos con warfarina para eliminarlo, gritar y subirse en una silla sin hacer nada efectivo o tirar las paredes con un mazo y explotar con una granada para acabar, definitivamente, con el intruso. Lo mismo hace el organismo ante la presencia de una sustancia no propia, llámese microorganismo. El sistema inmunitario tiene una gama de posibles respuestas, pues actúa con ignorancia, tolerancia, respuesta regulada o hipersensibilidad.

A veces los microorganismos ni piden mucho ni tienen la menor intención de hacernos daño, sólo quieren un ambiente húmedo, una temperatura templada y una fuente de carbono para sobrevivir plácidamente. Son los propios mecanismos inmunitarios del organismo, los que se supone nos deben proteger, los que son capaces de causar un tremendo daño. Así que caminamos por la vida al filo de la navaja, todo es cuestión de magnitud y dirección. Se conoce como homeostasis a la respuesta de un organismo o sistema orientada a mantener una condición estable y constante de equilibrio con el medio ambiente; esta capacidad de adaptación es posible gracias a múltiples ajustes dinámicos de autorregulación.

De manera análoga me atrevo a opinar, y hacer llorar a los psicólogos,  que existen respuestas diversas en nuestro comportamiento que determinan la homeostasis.  Las emociones son necesarias para la interrelación del ser humano con el medio. El miedo, la ira, la alegría y la tristeza nos han permitido huir del tigre dientes de sable, cazar al mamut o buscar una hembra o macho, según el caso y las preferencias, con vistas de apareamiento. La supervivencia y desarrollo de nuestra especie se debe, en parte al desarrollo de conductas sociales.

Tenemos visión frontal estereoscópica y eso facilita el poder analizar los alimentos de frente y en corto, pero no tenemos visión de 360 grados como los conejos, por lo que requerimos que alguien nos cuide la espalda ante la presencia de los depredadores. Hemos desarrollado mecanismos adaptativos para interpretar en la mirada, en las expresiones y las voces de nuestros pares, el peligro que nos asecha.

Voy a narrar brevemente un episodio que ejemplifica la importancia de la homeostasis emocional en las relaciones de pareja. Lo haré utilizando el método científico, con la prudencia y autocrítica necesarias, considerando que algo malo debo tener, porque soy el común denominador de varios rompimientos. Sé que he quebrado muchos platos, pero debo decir en mi defensa que no hice añicos la bajilla entera.

Antecedentes. En general yo (en adelante el interfecto) me llevo bien con mi Dulcinea (en adelante referida como la susodicha) y disfrutamos de la mutua compañía. Sin embargo, ya en una ocasión tuvimos un conflicto derivado de una discusión que ocasionó un rompimiento definitivo, que resultó ser temporal. Los lazos afectivos se fortalecieron poco a poco y el interfecto decidió correr el riesgo.

Justificación. Se trata de una relación deseable con miras a enganche matrimonial o vínculo a largo plazo, con la incorporación del interfecto al núcleo familiar de la susodicha. Vale la pena porque los momentos buenos son los más y son fantásticos.

Planteamiento del problema. Existe el antecedente de respuestas emocionales hipersensibles de la susodicha. El interfecto ha sido testigo involuntario de discusiones de la susodicha con un mesero, el dependiente de un hotel y la sobrecargo de avión, entre otras personas.

Hipótesis. Considerando que anteriormente el interfecto ha tenido conflictos con la susodicha, es razonable pensar que se presentarán nuevamente. Será posible mantenerlos en un nivel manejable y las reconciliaciones serán deliciosas.

Objetivos. Demostrar que es posible mantener los conflictos a un nivel de manejable y recuperar la homeostasis en el menor tiempo posible, al menor costo y con variadas expresiones de afecto.

Material y métodos. Mantener conciencia absoluta sobre lo que se dice y hace. Aplicar la máxima de que si existe la posibilidad de que alguien tome a mal lo que se dice, es seguro que se tomará a mal.

Resultados. Se realizaron tres experimentos empíricos.

Experimento 1. En un acto totalmente reflejo e inconsciente el interfecto se llevó la manga de la playera de algodón de su nariz para limpiar un mililitro de secreción hialina (vulgo mocos) producto de una recidiva de la rinitis alérgica que padece desde hace muchos años. El acto fue sin duda desagradable a la susodicha; pero inocuo, considerando que ambos habían intercambiado fluidos en abundancia durante todo el día. El resultado fue arqueo y vómito de la susodicha seguido de la explosión de una supernova que arrastró a la destrucción masiva del interfecto.

Experimento 2. El interfecto compró una plancha (figura 1, C y D) para que la susodicha pudiese arreglar su ropa cuando visitaba al interfecto en su departamento. Muy alegre el interfecto comentó que le tenía una plancha pero que no se la llevara a su casa. El comentario, sin intención de herir, causó una erupción y nube piroclástica acompañada de afirmaciones de que ella era capaz de comprar sus propios electrodomésticos. En el cataclismo el interfecto resultó con quemaduras de cuarto grado y sus heridas todavía están en proceso de granulación.

electrodomesticos (2)

Experimento 3. El golpe mortal vino de una respuesta que el interfecto dio deliberadamente. La susodicha estaba en la cocina de mi departamento y recomendó al interfecto que encargara a la señora del aseo que limpiara la licuadora (Figura 1 A y B). Efectivamente, esa licuadora tiene más de treinta años. Fue un regalo de la madre del interfecto cuando éste contrajo matrimonio. El electrodoméstico en cuestión y ha venido acumulando cantidades generosas de óxido y cochambre en los lugares más recónditos de su topografía (Figura 1 A y B, flechas). Sin embargo, no hay todavía evidencia experimental de que este desagradable aspecto se encuentre relacionado con algún brote de enfermedad diarreica aguda. Por otro lado, el interfecto procura mantener el departamento limpio y ordenado: Tiende su cama, trapea y lava trastes como cualquier ciudadano normal. Considerando que ese día la susodicha ya había hecho varios comentarios adversos, el interfecto se atrevió a expresar de mala gana  que hacia el aseo lo mejor que podía. En esta ocasión el dragón echó fuego por ojos y narices. La susodicha tomó sus cosas apresuradamente y salió del departamento, equivocando el camino hacia la puerta principal del edificio. Por ello, el interfecto tuvo que manifestar que la salida no era a la derecha, sino a la izquierda. Se cerró la puerta detrás de ella y nunca más volvió a aparecer, dejando abandonada la ilusión, que había en el corazón del interfecto.

Conclusiones. La hipótesis no se cumplió. No fue posible mantener la relación en un punto de equilibrio dinámico cercano a la homeostasis. Es aventurado generalizar, pero es muy posible que se trate de una regla universal. Habrá que seguir experimentando con la poca libido que me queda.

Discusión.  La Tercera Ley de Newton: “A toda acción corresponde una reacción en igual magnitud y dirección pero de sentido opuesto”, también conocida como el principio de acción y reacción, dice que si un cuerpo A ejerce una acción sobre otro cuerpo B, éste realiza sobre A otra acción igual y de sentido contrario. Esta ley física no se cumple en las relaciones sociales. Siempre que hay un agresión sobre un individuo A sobre un individuo B, para lograr el equilibrio éste realizará sobre A una acción ligeramente mayor y en sentido contrario. Generalmente, después de un empujón (ver el caso del futbol) se establecerá un intercambio de “qués”, tales como; qué, pues qué, pues qué de qué, qué… qué… qué… qué… qué (forma en metralleta) y otras variantes. Sin embargo, la situación alcanzará la homeostasis una vez que los neurotransmisores adrenalina y tetosterona se consuman.

En el caso que se presenta, tres estímulos de naturaleza diferente ocasionaron un tipo de respuesta semejante. Eran esperables resultados heterogéneos, de distintas magnitudes y trayectorias. A lo mejor los psicólogos lo llaman ira narcisita, lo cual es irrelevante. Lo importante es la reacción histriónica como respuesta a una amenaza real o imaginaria a la autoestima.

Presencié conflictos de la susodicha en diferentes ocasiones y circunstancias, la vi llegar a un nivel importante de enojo, recuperar la normalidad con rapidez y después disfrutar de la vida como si nada hubiese sucedido. Supongo que este comportamiento en agujas depende de grandes cantidades de mediadores, como adrenalina, que se liberan en el cerebro y que se consumen con celeridad. A las personas con personalidad obsesiva y pensamiento global nos es muy incómodo lidiar con estas circunstancias. En una ocasión fui testigo involuntario de un conflicto de mi Dulcinea con su madre, la conflagración arrastró a toda la familia y después de un rato todos estaban bien. Ellos están acostumbrados a  esta dinámica familiar, pero yo me mantuve dando vueltas al problema y me sentí incómodo el resto del día. Mi familia tiene una dinámica diferente, todo se analiza y todo tiene un proceso. Se vota el menú para la cena de navidad, se levanta un acta y se elabora un programa detallado de las actividades para esa noche. En una ocasión mi Dulcinea y yo invitamos a comer a mi octagenario padre. Al llegar al restaurante lo primero que dijo fue “cuál es el procedimiento para pedir una mesa en este lugar”, hecho que causo gran hilaridad de mi Dulcinea. Así somos y así soy. Tengo que desmenuzar las cosas para entenderlas paso a paso. Esto le desespera y por eso, en parte, somos incompatibles. No hay buena ni malo, somos contrarios.

La hipersensibilidad emocional no necesariamente es anormal  o patológica, pero si es un factor de riesgo de maldad. Es posible cometer homicidio en un momento de ira. Por otro lado, no creo que sea homólogo al pensamiento psicótico donde hay mecanismos de razonamiento patológicos y a veces la falta de toda percepción de emociones humanas.

Estoy casi seguro que si hubiese llamado y ofrecido una disculpa seguiríamos siendo pareja. Primero por su tendencia a recuperar rápidamente la normalidad; segundo, por su propensión a la adrenalina. Sin embargo, la ventana de oportunidad está cerrada y no es vida permanecer en un constante estado de intranquilidad custodiando mis actos, mis palabras y mis electrodomésticos.

El jefe humillante

César Raúl González Bonilla

El espejo nunca miente, pero siempre juzga

“Eres un verdadero imbécil, un imbécil verdadero”. Se lo dijo una, dos y tres veces, con ironía y con odio, como si tuviese la intención de hundir un cuchillo en su garganta. El joven lo miró a los ojos sólo un instante y continuó cumpliendo su pequeña tarea cotidiana. “No sirves para este trabajo, busca otro que tolere tus estupideces”. El joven nuevamente cruzó su mirada con la suya y guardó silencio. Terminó de ponerse la corbata, verificó que el nudo fuera perfecto, alisó su pelo y se alejó sin decir una palabra. La imagen quedó sola, muda, esperando la mañana siguiente, agazapada en la delgada capa de mercurio que cubría el vidrio del espejo.

 

Identidad a las seis de la mañana

César Raúl González Bonilla

-¡Riiiiing…riiiiiing!

Suena el teléfono de la misma manera que llora un lactante cuando demanda el pecho de su madre, con ese timbre implacable que se hace espacio a través el frío, para viajar por el silencio del amanecer y penetrar los oídos en la penumbra del cuarto. Suena una y otra vez pero apenas de me despierta. Hace tiempo que no tengo que levantarme para preparar biberones, por fortuna ya pasé por ahí y ahora puedo disfrutar el pequeño placer de levantarme tarde los sábados.

El invierno ya se hizo adulto y hoy es el día más frío del año. El sol seguramente llegará tarde o se reportará enfermo. Sin abrir los ojos saco la mano de entre las cobijas, estiro el brazo, a tientas encuentro el auricular y lo llevo a mi oreja. Obnubilado digo ¿bueno?….y espero en silencio dos o tres segundos que me llevan de nuevo rumbo al sueño.

– ¿Eres tú?

Me pregunta una voz femenina. Apenas despierto refecciono que dormir es ensayar la muerte; en consecuencia, despertar es renacer, reencarnar todos los días en el mismo cuerpo. Hago un ligero inventario de mis funciones vitales y recorro las partes de mi cuerpo: respiro, mi corazón late, estiro una pierna y luego un brazo. Sin duda sigo vivo, aunque entre despierto y dormido.

– Sí, sí soy.

La voz femenina, que aparenta ser de una mujer joven y dulce con la sensualidad de la tristeza, parece no creerme y duda.

– ¿ Pero….sí eres tú?

Su incredulidad me deja perplejo. Me falta el apéndice y unas piezas dentales, pero no creo sea suficiente como para haber perdido la identidad. Una persona con trasplante de corazón sigue siendo la misma. Por otro lado el ente que construyó el Dr. Frankenstein tenía ese problema de identidad. Sus órganos provenientes de personas buenas entraron en conflicto con los procedentes de personas malas.

-Si, creo que sí.

– ¿ Pero….sí eres tú, tú?

Ahora no estoy tan seguro porque aunque los humanos nos negamos a cambiar, sin duda cambiamos con los años. Mi cuerpo ha envejecido, tengo hipertensión y piedras en los riñones, pero en esencia sigo siendo el mismo niño de hace cuarenta años, con los mismos temores y las mismas ilusiones.

-Ajá, sí.

-No, no, dime la verdad ¿sí eres tú?

Supongo que eso depende de quién es tú, porque yo soy yo, o eso me parece. A menos que mi superyó haya dejado mi cuerpo por la noche, porque si se fue, yo ya no soy el mismo. A lo mejor se cansó de discutir con mi yo. Entre los dos siempre están tratando de gobernar mi vida, aunque lo bueno es que la mayoría de las ocasiones yo no me doy cuenta de sus decisiones. Quiero dormir otro poco pero me asaltan más preguntas. Quién o qué era esa voz femenina, acaso la voz de mi conciencia, mi superyó que ahora quiere comunicarse conmigo de una manera más moderna y más directa. Me inquieta un poco que sea una figura femenina, a lo mejor es mi lado obscuro y desconocido.

-Pues es que sí, soy yo. Eso supongo.

La voz femenina comienza a sollozar. Escucho como ruedan las lágrimas por su rostro y se filtran por la nariz. Insiste una vez más desconsolada.

– ¿Eres tú?

 

Me pregunto sobre mi capacidad de ponerme en los zapatos de los otros, de ser tú. Soy yo en función de ser tú, de sentir lo que sienten los demás y ejercer el difícil oficio de la empatía. No me considero narcisista o psicótico.

-Sí, si soy tú, un poco.

La voz femenina guarda silencio y deja de sollozar. No dice nada, pasan los segundos, tal vez hasta contar un minuto y cuelga. Ahora sólo escucho el tono entrecortado característico de las llamadas ocupadas…..biiiip….. biiiip….. biiiip….. biiiip….

Acomodo mi almohada y me invade la curiosidad mezclada con el sueño. En esta realidad cuántica donde los universos infinitos brotan como palomitas de maíz en una olla al fuego, nacen, crecen, se desarrollan y mueren, donde todo es imposible y posible gracias a la anarquía del azar, cuántos yo mismo -y no otros yos- hay, hubo o habrá que les hable por teléfono la voz femenina de su conciencia para cuestionarles si son yo o tú.

 

La mirada del fantasma

César Raúl González Bonilla

Es la mirada de mi fantasma no quiere retirarse, me espía durante el día y me acosa por las noches. Llega agazapado y silencioso como un cuervo que quiere alimentarse de mi vientre.  Un día lo atrapé por la espalda y le hundí un cuchillo por el cuello.  Terminé con el espectro, pero no sirvió de nada porque sus ojos me persiguen. Dicen que maté a mi madre y que por eso  estoy aquí, en esta celda de concreto; pero no es cierto, es el fantasma que me mira desde dentro.