Morir de soledad

César Ra{ul González Bonilla

El silencio también mata

El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar

El jefe humillante

César Raúl González Bonilla

El espejo nunca miente, pero siempre juzga

“Eres un verdadero imbécil, un imbécil verdadero”. Se lo dijo una, dos y tres veces, con ironía y con odio, como si tuviese la intención de hundir un cuchillo en su garganta. El joven lo miró a los ojos sólo un instante y continuó cumpliendo su pequeña tarea cotidiana. “No sirves para este trabajo, busca otro que tolere tus estupideces”. El joven nuevamente cruzó su mirada con la suya y guardó silencio. Terminó de ponerse la corbata, verificó que el nudo fuera perfecto, alisó su pelo y se alejó sin decir una palabra. La imagen quedó sola, muda, esperando la mañana siguiente, agazapada en la delgada capa de mercurio que cubría el vidrio del espejo.

 

El demonio de Carlitos

César Raúl González Bonilla

DSCF1251

Soy el demonio que vive en la cabeza de Carlitos.  Lo conozco  desde pequeño,  he tratado de mostrarle cómo es el terror a la obscuridad,  introducirme en sus sueños y causarle pesadillas. Quiero ahondar en sus emociones, estremecerlo para ser el fiel de la balanza y lograr que elaboren lágrimas sus ojos, pero el niño parece no sentir escalofríos y nunca lo he visto padecer pánico o angustia. Es insensible, lejano, indiferente y su sonrisa es más bien una mueca que evoca la crueldad de un lince que juega con su presa.  Le gusta experimentar con la violencia y la saña, se divierte con juegos perversos, como ese de rociar con gasolina al gato y prenderle fuego sólo para ver qué tanto brinca.  Soy el demonio que vive en la cabeza de Carlitos,  tengo miedo del destino y no puedo abandonarlo.