César Ra{ul González Bonilla
El silencio también mata
El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar