Morir de soledad

César Ra{ul González Bonilla

El silencio también mata

El paciente del cuarto 204 escuchaba voces y veía personas que sólo existían en su sien derecha. Sostenía largas conversaciones con la nada, reía, discutía acaloradamente y peleaba contra el aire. No era violento, pero alguna vez fue necesario enfundarlo en una camisa de fuerza. Los médicos volcaron sobre él toda su ciencia; a base de corriente de electrones y fármacos multicolores, las voces en su cabeza se fueron de manera repentina. Entonces, el paciente del cuarto 204 dejó de hablar y se adentró en un estado de profunda tristeza y melancolía. Otro tratamiento para devolver la química del entusiasmo a su cerebro fue totalmente inútil. Se sentó en la orilla de la cama, con su bata blanca y sus pies descalzos, mirando fijamente a la puerta con sus ojos ausentes, como esperando que alguien entrara. Así permaneció por días y luego por semanas, hasta que sus pulmones se negaron a respirar

El retrato de la señora

César Raúl González Bonilla

Dorina acumula arrugas en el cuerpo y resentimientos en la sangre, son marcas indelebles de los pecados capitales que comete cada día. Sufre en la monstruosidad de los deseos y carencias que se transfiguran en ira y avaricia. La Señora Gray calla el secreto íntimo que se esconde en un cuarto donde viven la soledad, el polvo y la penumbra. En ese lugar hay un atril, en el cual descansa su retrato perfecto, cubierto siempre con una sábana.

Indocumentado

César Raúl González Bonilla

Los niños no podían alimentarse más con tortillas remojadas en los rezos de su madre. No era cosa de seguir esperando, había que tomar una decisión. Anudó sus pocos trapos, llenó sus ojos con la presencia de sus hijos, se abrió paso entre los adolescentes que jugaban al futbol con una cabeza y dejó atrás el caserío. No quería alcanzar el sueño americano, sino trabajo simplemente. Viajó en el lomo La Bestia, junto con las reses y la muerte agazapada. Pagó al pollero, cruzó frontera en un camión repleto de tomates y llegó a los campos de Florida, donde cuatro huracanes habían arrancado árboles, frutas, anhelos y esperanzas. Sería por la hierba, por el alcohol o por el tremendo calor, el caso es que resolvió no morir asado y con la boca seca. Tomó una naranja y la lanzó contra el cielo, pero la ardiente rueda de cobre no se inquietó ni dijo nada. Repitió entonces el intento dos, tres e innumerables veces. Los piscadores se unieron a la cacería del medio día y las avenidas, entre las hileras de árboles, quedaron cubiertas de cadáveres redondos. Era tan grande la confusión y las ganas de tirar al sol a punta de naranjazos, que tuvieron que llegar los Rangers para detener al revoltoso. Prácticos como son los americanos, decidieron deportarlo para acabar, de una vez por todas, con las naranjas y, con un poco de suerte, con el sol que llamea por abajo del Río Grande.

Incertidumbre

César Raúl González Bonilla

Es el miedo que viaja por la espalda, el frio que nos mira desde la penumbra de la tarde. Algo nos amenaza pero no sabemos qué. Son los cientos de ojos perversos que nos miran desde las sombras,  la sensación de vacío en la boca del estómago,  las manos temblorosas, el corazón que se quiere salir de nuestros pechos, la garganta sin saliva y los cuerpos que se estremecen. Algo siniestro va a suceder entre nosotros. Somos víctimas del temor primario y esencial de la noche, la angustia de crecer, la ansiedad de no saber lo que viene en el futuro. Todos se fueron y  el salón de la escuela preparatoria está vacío. Nuestros cuerpos se acercan lentamente,  cierro los ojos, despacio te tomo por los hombros y por primera vez descubro la humedad de tus labios temblorosos.