Carrusel

César Raúl González Bonilla

Aquí no hay destino final,

sólo una condena giratoria.

El lunes por la noche

respiro el aire enrarecido,

-fastidio habitual-

del silencio, que se sirve con la cena.

Cada quien corta su rebanada de disgusto

y le pone mantequilla.

El martes se revuelve entre las sábanas,

y el frío se congela con tu espalda.

El miércoles -siempre es de ceniza-,

viaja despacio en la penumbra,

y se desliza por el borde cansado de tu boca.

Se conforman jueves y viernes

mientras desgajo mi naranja

y tomo el cereal de la mañana.

Tu cuerpo húmedo concede,

y aún conserva la forma del deseo.

Ya es domingo y conversamos

y -por un instante-

creo ver en tu mirada

que no hemos muerto del todo.

Mañana por la noche,

cada quien cortará su rebanada de disgusto

y le untará mermelada.

Aquí, sólo una condena giratoria.

Carrusel retrata la rutina emocional de una pareja atrapada en la circularidad de los días. Cada jornada se convierte en un espejo del tedio, la costumbre y la resignación: desayunos, silencios, fragmentos de deseo que sobreviven a la inercia. El poema transita del fastidio cotidiano al eco del amor que aún persiste, aunque apenas respire.…

La cortesía de los traidores

César Raúl González Bonilla

“Hay amores que mueren de frío”

El juramento de amor hasta la muerte

y la promesa de fidelidad:

uno, muerte recurrente;

la otra, corrompida en otras pieles.

La mentira cotidiana,

el desgaste compartido

—grietas, fisuras y derrumbe—.

Las miradas desconocidas,

la cortesía de los traidores,

y el frío tembloroso de la estancia.

Ella hablaba de lo eterno,

él de lo inmediato;

en medio —entre los dos— “ya no te quiero”.

La lealtad que agonizó de tedio,

encogida por la frialdad

del nido, ya vacío.

La ausencia de reproches,

—acaso la lividez del frío—.

El contrato terminado,

—y el frío amoratado, persistente—.

Él fue infiel,

ella desleal.

En La cortesía de los traidores, el amor se analiza con la serenidad de una autopsia moral. Dos promesas —la del amor eterno y la de la fidelidad— se corrompen por causas distintas: ella por tedio, él por deseo. El poema describe el lento enfriamiento del vínculo y la conversión del afecto en trámite, donde…

El círculo se retuerce

César Raúl González Bonilla

“El tiempo también se oxida.”

Nacer, ascender, caer

y disolverse en la corriente:

la secuencia del polvo,

el círculo que se retuerce

como si el tiempo tuviera amnesia.

Ya no sé qué es lo que sigue

en esta feria de lo efímero.

Soy un tornillo carcomido,

una pieza de chatarra.

El vértigo gira sin mirarme,

con su ruido de máquinas y credos,

otros héroes desechables,

y victorias que envejecen en un día.

No hay un dios con voz y voto,

sólo el pulso cansado de la especie

repitiendo su error con entusiasmo.

Y yo, testigo desconcertado,

miro como el círculo se cierra

con quietud, al dejar el engranaje.

El poema reflexiona sobre la condición humana como parte de un ciclo que se repite y se desgasta. A través de imágenes del polvo, la máquina y el vértigo, la voz poética observa con lucidez el paso del tiempo, la inutilidad de los héroes y la fatiga de la especie. El sujeto se aparta del…

Pasos de cascajo

César Raúl González Bonilla

«Arrastrar el polvo de los días»

Mis pasos son rumor de grava,

arrastre acompasado de las suelas,

áspero desgaste de la calle,

pies de balastro

al ritmo de mis huesos fatigados.

Camino las rectas avenidas

con pasos torcidos e indecisos.

Donde las fachadas gritan sus grafitis

el eco susurra polvo intermitente.

Mis huellas -residuos de otras pisadas-

guardan silencio,

y mi sombra exhala

ese peculiar hedor a vejestorio.

El poema retrata la vejez como un andar áspero: pasos de grava y balastro marcan un ritmo fatigado. La ciudad, con grafitis que gritan y polvo que susurra, refleja la contradicción entre ruido y silencio. El cierre, con huellas mudas y una sombra vejestorio, mezcla ironía y desolación existencial.

Fatiga

César Raúl González Bonilla

“El cuerpo envejece, se desgasta el alma.”

Ya no tengo sed de mi veneno,

mis ilusiones se quebraron en pedazos;

se agotó de pronto la tristeza,

se disipa la amargura de mi lengua.

La tarde brotó en mi pecho despoblado.

Yo no me di cuenta porque estaba ausente,

viviendo los días, sin ver los instantes;

giraba la inercia ajena a mi carne

dejando a su paso fragmentos de alma.

Yacen a mi espalda

esqueletos viejos y pieles sin dueño;

abrazos torcidos y amores deshechos.

Se secó la vida,

mis deseos son polvo,

colapsó el recinto de mis emociones;

hoy tan sólo quiero

dormir un momento,

ya no siento nada, estoy muy cansado.

Fatiga es un poema de introspección y agotamiento existencial. A través de imágenes corporales y ruinas del alma, explora la pérdida de ilusiones, la inercia del tiempo y el colapso interior. La voz poética confiesa un cansancio absoluto, donde solo queda el deseo de disolverse en descanso.

Palabra porosa

César Raúl González Bonilla

I

Mi voz es áspera:

lava hecha roca,

aliento de volcán;

ayer fuego ardiente de la tierra,

hoy es piedra gris,

rígida y tiesa escarcha fría,

perfil que trata de escapar de los guijarros,

silencio insistente y disperso,

coágulo atascado en el fondo de mis venas.

Es pico y pala;

martillo y cincel

y luego piedra contra piedra.

Es la voz que trata de encontrar el molcajete;

rumores insistentes y dispersos,

la silueta que trata de escapar de los guijarros.

Talla, cincela y dibuja la soledad

en la piedra indiferente

la ausencia que nos enlaza. 

Trata de dialogar con el pedrusco,

pero es deseo que se resiste,

palabra que se esconde

y se pierde en cada golpe;

asoma -apenas – cuando sangran los nudillos.

II

Mi voz es de ceniza,

es hostil y es enemiga de la piedra.

absurda y áspera,

piedra contra piedra,

músculos tiesos y piel envejecida.

Es ninguno en alguna vez,

voz extraviada en millares de agujeros:

cuento, invención o fábula.

El rítmico cincel es melodía

que sigue el pulsar de mis arterias

golpe, retumbo y rayo.

Nadie escucha el cincel contra mi piedra,

pero es mi voz

y solo importan mis oídos.

Es la sal que se comparte

en mi cuenco asimétrico,

pensamiento poroso,

rugoso y lastimado.

Mi voz es piedra agotada,

gastada por el uso.

Es el polvo de mi piedra

lo que queda, lo que resiste;

una voz extraviada en millares de agujeros,

el silencio que descansa en el centro de la mesa.

La voz de César Raúl González Bonilla se describe como áspera y volcánica, simbolizando lucha y soledad en la interacción con la piedra. A través de metáforas de desgaste, se expresa un deseo intenso de comunicación y la lucha interna por ser oído, reflejando la resistencia en el silencio y la vulnerabilidad.