Avaricia

César Raúl González Bonilla

Quien tiene apetito infinito, se debora a sí mismo

Acumulo un hambre insaciable;

el apetito y la sed ansiosa, enfurecida:

deseo lo que tuve, lo que no,

lo que nunca será mío.

Quiero la voz ajena guardada en mi bolsillo,

el afecto firmado a mi nombre,

el amor registrado como propiedad privada,

las miradas que ya no me buscan

y la ternura doblada en una servilleta desechable.

Cuento las ausencias en billetes;

tengo sed y hambre de todo lo existente

lo ilusorio y lo aparente.

Colecciono necesidades de piel, de nubes, de promesas.

Tengo deseo del deseo,

anhelo el vértigo de anhelar.

Me faltan las ganas de soltarlo todo,

atesoro ausencias, desiertos y vacíos.

El poema Avaricia retrata un yo lírico dominado por un deseo insaciable que lo lleva a acumular afectos, recuerdos y vacíos. La avaricia se convierte en una obsesión emocional y existencial que nunca se satisface, devorándolo desde adentro. Al final, el texto revela que ese afán de poseerlo todo solo conduce a un vacío más…

La noche en el salitre

César Raúl González Bonilla

UNO

Tomó el revólver Smith and Wesson calibre .22 y lo presionó contra su sien derecha. No lo hizo con fuerza, pero sí con el pulso firme. Al sentir el frío metal del cañón sobre su piel, se dispuso a tirar del gatillo. Sin prisa cerró los ojos, como preparándose para degustar el mejor de los vinos.  En el silencio de la noche, una lámpara alumbraba la biblioteca de la enorme residencia con su luz tenue, casi sutil. Abrió los ojos porque tuvo la impresión de haber olvidado algo y, al dirigir su mirada hacia abajo, notó que la carta no estaba firmada. En la hoja el papel membretado se leía, en un par de líneas, el lugar común de “no se culpe a nadie de mi muerte”, que suele escribirse en circunstancias como ésta. Aflojó el puño derecho y colocó el revólver en el escritorio, pensó que tal vez hacía falta incluir un poco más de explicaciones, pero luego reflexionó que nadie habría de detenerlo. En ese momento, él era dueño, por primera vez, de su propio porvenir y no tenía que justificar sus acciones ante nadie.

La pluma fuente se negó a escribir, por lo que debió rayar varias veces la hoja superior de un block de notas; la tinta finalmente resurgió manchando uno de sus dedos. Pensó que sería mejor en adelante utilizar un bolígrafo común, en lugar de su pluma elegante estilográfica. Le tomó varios minutos limpiar su mano,   buscó en algún cajón su escritorio un frasco de alcohol y un pequeño lienzo, que tenía para atender esos pequeños accidentes. Quizá por esa distracción omitió escribir la fecha y se limitó a estampar su firma.

En la pared de la biblioteca, a un lado del estante donde descansan los libros polvorientos, el salitre ya había consumido un trozo de pared. La pintura corroída llamó su atención, trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma. Prendió su pipa y aspiró con calma el humo, sin dejar de mirar la imperfección en la pared.

DOS

A ella no le disgustaba lavar los trastes, casi lo disfrutaba. Mientras el agua corría por sus manos y se escapaba por entre la espuma de sus dedos. Era como la lluvia, una sensación placentera muy parecida a la libertad. Su abuela siempre venía a su memoria, recordaba aquella ocasión en la que fue por primera vez a la playa, cómo juntas contemplaron el mar, hicieron catillos en la arena y vieron al sol esconderse detrás del horizonte. Por eso musitaba -como un zumbido- una canción de cuna, mientras las migajas húmedas flotaban en espiral hacia el sumidero.  Los platos y los vasos utilizados en la cena quedaban limpios uno a uno. El arte y el hábito nocturno de dejar limpia la cocina fueron interrumpidos por un sonido seco que se escuchó como un fuetazo.

La noche se detuvo, pero el agua siguió corriendo y llenó la tarja, mientras ella se apresuró a subir las escaleras para llegar al estudio. El corazón quería fugarse de su pecho cuando abrió la puerta y sintió el olor a pólvora. La media luz apenas alumbraba el cuerpo inmóvil reclinado en el escritorio, con la cabeza apoyada sobre su lado izquierdo y una pequeña mancha redonda en la sien derecha. Con los ojos abiertos parecía observar con atención una botadura en la pared, donde el salitre ya había consumido la pintura. Ella también fijó su mirada en la pared y trató de encontrar figuras y por lo menos una historia entre la asimetría de la mancha y la carcoma.

Desamor a mediodía

César Raúl González Bonilla

“Ya no te quiero. La vida contigo es como caer al vacío, creo que esto debe terminar”. Se lo dijo con frialdad porque era algo que los dos sabían. Se lo dijo sin rencor porque los sentimientos habían quedado atrás.  Estaban a punto de comer, pusieron la mesa sin cruzar palabras o miradas. El reloj se detuvo a la una y quince cuando un estruendo que brotaba desde el suelo los retornó de la ausencia. La fuerza del terremoto estremeció la pared, tiro vasos y jarrones. Se abrazaron con fuerza y trataron de avanzar hacia la puerta, cedieron entonces las losas y los dos cayeron al abismo. Los envolvió la obscuridad y quedó el silencio en los escombros. Y fue así como en ochenta segundos, la tierra decidió por ellos.

Ya todo está bien

César Raúl González Bonilla

La noche avanza a través del silencio de la madrugada, las ventanas disipan el calor interior que por la mañana será rocío. Todos ya descansan cobijados por la obscuridad de la casa. Arriba, en su cuarto los niños reposan muy quietos, arropados con cuidado; en la habitación principal la esposa yace también en armonía con la humedad de su almohada. Abajo, un hombre se sienta en el diván de la estancia y bebe un sorbo de su taza de café, mientras termina de escribir una carta que tiene pendiente. Afloja su corbata y habla consigo mismo: “ya todo está bien, yo estoy bien, ellos ya están bien, la vida es buena”. Toma el revolver que espera en la mesa de centro y lo lleva a su sien con la mano derecha. Lo último que escucha es el clic del barril que, al girar, lleva la muerte.

Sin Antídoto

César Raúl González Bonilla

Suspirar es morir sin desaparecer

La serpiente me miraba con su lengua

olfateando el miedo.

Me sedujo el cascabel con su sonido

y la noche se perdió

en la hipnosis de sus ojos.

Se dedicaba a la caza

serpenteando sigilosa

a través de mis deseos

y quede paralizado.

Me invitó a tocarla.

La toqué

muy suave

en la húmeda cavidad de su veneno.

Me mostró sus fauces,

desfogó la lujuria a través de los colmillos.

Sentí el invierno ingresando en mis arterias.

Infiltró mis intestinos,

escuché licuarse mis tejidos.

Grité en el hondo pozo interior

de mis adentros,

pero Dios estaba ocupado en sus asuntos

mientras los hombres se anudaban la corbata.

Estuve entonces suspendido

tratando de bracear en un eclipse.

Me mató

y estuve muerto por un rato

Sin antídoto nos sumerge en un viaje oscuro y fascinante donde el deseo se convierte en veneno. La serpiente, figura arquetípica de la tentación, seduce al hablante hasta paralizarlo, llevándolo a una entrega hipnótica y letal. Entre imágenes de fauces, veneno y eclipses, el poema explora la atracción fatal que consume desde dentro y deja al yo poético suspendido entre la vida y la muerte.