Mi nieto Ulises

César Raúl González Bonilla

A Ulises, que navega entre mis días con su luz primera.

I

Es Ulises,
un hombre en el centro de una mujer,
casi hombre semejante,
del mismo hombre,
dentro de la mujer misma.

Apenas astilla, diminuta raíz
en el centro del útero,
partícula y mendrugo de vida,
entrañas de arena y grava,
levadura del pan de mediodía.

Sueño dentro de otro sueño,
brizna de polen,
hálito espiral
del sol por la mañana,
sonrisa divina.


II

Ulises juega,
corre y salta con pasos diminutos.
Gira, da vueltas
en una feria de alboroto.

Tropieza y solloza el viento.
Viene el silencio
y luego, de la nada,
la fiesta renace de repente.

Ulises experimenta
con la risa.
¡Cómo se divierte con el balbuceo!
Es un barullo solamente
y es música, al mismo tiempo.

Ulises juega travieso,
sonríe revoltoso
y se adentra, muy tenue,
por la adivinanza de los años prometidos.

Ulises juguetea,
traza en los ensueños
el fugaz espiral que todos somos.

Juega Ulises,
sigue contento,
llévame contigo, sólo un segundo,
en un murmullo,
al ningún tiempo.

Mi nieto Ulises es un poema en dos movimientos: el primero contempla el milagro del nacimiento como acto divino y biológico; el segundo celebra la infancia como juego primordial del universo. El hablante —un abuelo que observa y se asombra— reconoce en su nieto el eco de todas las vidas anteriores, la espiral del tiempo…

Cicatrices de vida

César Raúl González Bonilla

“El reloj avanza sobre nuestras cicatrices”

No es posible que el reloj gire a la izquierda,
–que las manecillas se detengan–,
corregir las torpezas de los días,
o enmendar los errores cometidos:
–pensar, decir, hacer–.

Al final, fuimos falibles;
hay una sombra que nos sigue en cada paso:
dudar, prometer, interpretar,
doblamos la realidad para que encaje.

Quién pudiese salir de la conciencia,
sin llevar el dolor que nos traspasa;
en cada aprendizaje, una fractura.

Somos la suma de remiendos,
un cuerpo y una mente
que se niegan a desistir,
el pulso que persiste y aprende.

Cada cicatriz escribe una palabra.

A las nueve y a las cinco

César Raúl Gonzálz Bonilla

“Nada más humano que querer lo imposible.”

Como insisten las horas en nombrarte,

con esa necedad de excavar -en silencio-

las cosas que dibujan tus detalles.

Estás presente en el tráfico de viernes,

en el cordón de ojos azules y cobrizos;

En cada pixel de la pantalla,

-a las nueve y a las cinco-

la luz blanca me interroga

y el reloj reclama tu vacío.

Te veo -con obsesión- en la rutina;

te escondes entre párrafos ajenos,

en la pesadilla de informes imprecisos,

en las teclas que conservan tu tibieza.

No hay tranquilidad en cada pausa;

te encuentro —sin querer— en los reflejos,

en los vidrios que deforman los semblantes;

en el bocadillo de las diez de la mañana

y en la taza de café, que sabe amargo.

Me repite -el cerebro -que no existes,

pero el aire murmura tu silueta

y me observas desde el borde de mis párpados.

Espero que la cordura no regrese,

existir -mortal- en esta fiebre cegadora;

en la falsedad de seguir ardiendo

y en el espejismo que respiro.

El hablante poético atraviesa un día de trabajo donde la rutina se mezcla con la obsesión. En cada gesto cotidiano —el tráfico, la pantalla, el café— se filtra la presencia ausente de un deseo imposible. La cordura es una amenaza, y la vida, una fiebre cegadora que sostiene el espejismo de existir.

Inventario

César Raúl González Bonilla

Hoy es tiempo de iniciar el inventario.
Veamos, pues, qué es lo que tengo.

Tengo cincuenta y cuatro,
un camino largo andado
y una trayectoria incierta.

Tengo una esposa que me quiso,
y me quiere —a su manera—;
dos cachorros alejados, graduados como hijos;
la promesa de una nieta para peinarla con trenzas;
dos imbatibles ancianos,
un par de entrañables hermanos
y una familia afectuosa.

Tengo una perra inseparable,
un puñado de legítimos amigos,
cuarenta auténticos colegas
y cien maestros que se dicen mis alumnos;
cuatro discos de Piazzolla
y la poesía de Sabines.

Tengo mil fantasmas en mi sien derecha,
diez proyectos inconclusos,
siete sueños empolvados,
tres amores imposibles,
veinte musas cotidianas,
el recuerdo de unos ojos verdes
y otros negros que me roban el sosiego.

Tengo dos pares de zapatos,
una taza favorita,
nueve experimentos aplazados,
varias piedras en los riñones,
un dolor de cuello,
un pedacito de sol, una nube, una roca
y el reflejo de la luna.

Tengo una célula asesina,
aguardando agazapada para ahogar mi corazón,
devorar mis pulmones
o estallar en mi cerebro una granada.

Por eso tengo un testamento,
aquel nicho esperándome en Sonora,
y la negativa de mi esposa
de mezclar nuestras cenizas.

Tengo la tarea pendiente
de llorar y reír a carcajadas.
Tengo tiempo todavía para aprender
a gatear,
incorporarme y caminar,
balbucear,
valorar el poder de la palabra
y ser un mejor oyente.

Y eso es lo que hoy tengo,
lo que vale la pena contar.

Un recuento vital en primera persona: el hablante enumera sus afectos, objetos, dolencias y aprendizajes como un balance del vivir. Con tono sereno y autocrítico, el poema transforma la memoria en gratitud y la incertidumbre en sentido.

Gato

César Raúl González Bonilla

«El sol se astilla en las pupilas del gato»

Cuando la noche se disuelve

por el último escondrijo de mi cama,

se deslizan las sombras de las nubes

en la primera claridad de la cortina.

Despierta ligero y perezoso

el silencio que guarda los secretos.

El jarrón refleja la mañana

cuando abre los ojos el espejo.

El rumor de los gusanos, larvas y vecinos

 se escucha susurrar en la hojarasca;

biósfera diminuta del jardín  

donde vuelve la vida testaruda.

El gato

-onda y partícula de polvo-

se escurre hacia la luz

cauteloso como anhelo.

Sus pupilas -hendiduras de obsidiana, rendijas de fuego-

inmóviles sujetan a las alas que lo miran,

y vigilan las líneas concurrentes de la calle.

Geómetra del balcón que vigila el caserío;

entreteje con sospechas

y astillas del sol en su ventana.

El texto retrata el tránsito de la noche al amanecer en un espacio íntimo donde objetos y sonidos domésticos se cargan de misterio. La claridad irrumpe poco a poco, revelando la vida diminuta del jardín y la presencia de un gato que, con pupilas de obsidiana y fuego, observa y mide el vecindario. Su mirada…

Boca y limones

César Raúl González Bonilla

Tu boca oculta
el áspero sinsabor
de los limones
 
 

La publicación de César Raúl González Bonilla evoca imágenes vívidas de un sabor oculto, contrastando la suavidad de los labios con la áspera amargura de los limones. Esta yuxtaposición sugiere una experiencia emocional o sensorial más profunda, que invita a reflexionar sobre las complejidades del deseo y el juego entre dulzura y amargura en la…

Retirada

César Raúl González Bonilla

 

¿Qué si estoy cansado?

Sí, me siento exhausto.

¿Qué si estoy derrotado?

Sí, me han abatido.

Pudieron los más

sobre los buenos,

faraones y príncipes

insulsos.

Los obtusos herederos,

ociosos productores de veneno,

tóxicos esquiroles del tiempo,

me han superado.

Este mi mundo es un burdel

donde se vende

al mejor postor ciencia e ingenio.

Me han desgastado.

No tuvo final feliz

esta película,

nunca llegaron los refuerzos esperados.

Que se pudran solos,

yo me retiro.

Requiero un descanso,

rearmar mis piezas,

conectar mis piernas,

ensamblar mis brazos,

juntar todos mis fragmentos

y curar, una a una, mis heridas.

Después de todo, amo la vida,

me niego a creer que todo es malo.

Hay que buscar,

porque hay talento,

no es muy tarde todavía.

Me queda tiempo.

 

 

El poema Retirada es un canto íntimo a la derrota y a la persistencia. El hablante reconoce su cansancio y el desgaste provocado por un mundo corrupto que mercantiliza la inteligencia y la virtud. Sin embargo, la voz poética no se rinde: busca recomponerse, sanar y reafirmar su amor por la vida.