Nostalgia

César Raúl González Bonilla

“Nada pesa tanto como la calma.”

Si acaso me soltara la nostalgia,

encontraría la inercia de la calma;

dormiría diez horas

y el letargo callaría tu nombre.

Si olvidara tu ausencia

 sería el final del aguacero;

-sin duda-, moriría por falta de apetito

y -tal vez- de aburrimiento.

Escojo el temblor en lugar de la armonía:

el optimismo cansa, la tristeza entiende.

Prefiero llevar el peso de tu ausencia

y pasar la noche conversando con tu boca.

En Nostalgia, el hablante reflexiona sobre la tentación del olvido y sus consecuencias: la calma, aunque deseada, se revela como una forma de vacío. Frente a la serenidad que anula el deseo, elige el temblor y la tristeza como compañía fiel. El poema transita entre ironía y ternura, entre aceptación y vigilia, para concluir que sentir —aun con dolor— es seguir vivo.

Muerto innominado

César Raúl González Bonilla

«En mi altar humea el deseo.»

Nadie me invitó a la mesa hoy por la noche.

No beberé del dulce que sus labios tienen,

son de calabaza en miel de piloncillo 

y hay esencia de cempasúchil en el naranja de su pelo.

El humo de las velas retiene la penumbra,

cuando su figura se desliza hasta la cama.

No probaré la sal de mar que habita entre sus muslos,

adornadas con papel picado morado y amarillo.

Soy un muerto más del inframundo,

sin consuelo y sin altares

en el osario común de los amores malogrados;

una calavera de azúcar, sin un nombre.

En “Muerto innominado”, un difunto olvidado contempla desde el inframundo la ofrenda que ya no le pertenece. Entre aromas de calabaza, cempasúchil y humo de velas, el deseo se vuelve humo persistente. Es un poema donde la pasión y la muerte se confunden en una elegía al olvido amoroso.

En lo pequeño

César Raúl González Bonilla

«Lo fundamental habita en un grano de arroz.»

Nunca puse interés en lo pequeño.

Lo minúsculo es tan volátil,

que se escapa entre los dedos.

Como lo ausente

se fueron, en un sólo parpadeo,

mis días enteros.

Estuve preocupado en atender lo trascendente,

escribir la biografía de las hormigas.

No escuché nada,

quizá porque nada quise escuchar

y nada vi con el nublado lente de mi lupa.

Permanece lo vacante;

del ocioso tejido del vacío

al estéril gris de los deseos.

Todo se evapora cuando la luz se aleja.

En En lo pequeño, César Raúl González Bonilla reflexiona sobre la fugacidad de lo minúsculo y la manera en que la vida se escurre entre los dedos sin que apenas lo notemos. Con un tono introspectivo y casi confesional, el poeta revela la negligencia hacia los detalles cotidianos y la obsesión por lo trascendente, que finalmente se disuelven en el vacío. El poema se convierte en un canto melancólico a lo efímero, a lo no visto, a esos instantes que se evaporan cuando la luz se retira y queda solo el silencio.

Cuencas vacías

César Raúl González Bonilla

“Recordar es remover cenizas.”

Cuencas vacías,
socavones de tiempo
donde los yacimientos son amnesia.
Agujeros de silencio, oquedades a secas,
Fosas abiertas
para sepultar el abandono.

Túneles oscuros por los que transito
indiferente.

Por más que excavo no recuerdo,
tarea imposible,
cómo era la miel aquella
que probé en tus ojos.

Hay un rostro incompleto en mi memoria,
apunte apenas,
un semblante gastado por el uso,
carcomido en conjeturas,
apolillado e inservible.

Este poema explora con sobriedad la erosión de la memoria afectiva. Las imágenes de “cuencas vacías” y “socavones de tiempo” evocan una mente excavada por el olvido, donde los recuerdos se han vuelto fosas abiertas. La voz poética se muestra consciente del deterioro: busca en vano la dulzura de un amor perdido (“la miel aquella / que probé en tus ojos”) mientras reconoce que la memoria es un terreno carcomido, plagado de restos inservibles.

Mi casa

César Raúl González Bonilla

Mi casa es un recuerdo de ladrillos

Yo tengo una casa, donde habita el polvo.
Abrigo de nadie, por sus ventanales,
de cristal de sueños,
sólo el tiempo observa dormir a los volcanes.

El silencio llena todas sus aristas
y por los pasillos gravita el olvido.
La yerba se extiende y gana el espacio
que había dedicado a nuestro sendero.

Al cerrar la puerta trasciende la noche,
los muros descansan, el aire está quieto.
Adentro el vacío se queda estancado
y afuera soy yo la fachada.

En esta mi casa,
inerte es el polvo del nido vacío,
el nido de polvo de cristal de sueños

Mi casa es una meditación sobre la soledad, el paso del tiempo y la persistencia de la memoria. El hablante convierte su hogar en una metáfora del propio ser: un espacio donde habitan el polvo, el silencio y el olvido. Los muros, inmóviles, guardan los rastros de una vida compartida y perdida. En el verso…