Mujeres que remueven la ceniza

César Raúl González Bonilla

«La tierra guarda para no olvidar.»

Mujeres que remueven la ceniza,

donde cada piedra es una sombra:

predios huérfanos, fermentos de soledad,

basureros y sumideros sin nombre,

lo inconcuso de la muerte;

terrenos baldíos, ríos de secretos turbios

en la frontera donde la memoria respira

y la esperanza se erosiona.

Madres con sed:

la justicia atascada en la garganta;

sílice que asfixia,

estatutos y códigos de papel,

promesas perdidas

en la voz de los hijos ausentes.

Tumbas vacías y desmemoria:

cementerios de zapatos,

sepulcros de la última camiseta,

aquel pantalón envejecido,

rostros convertidos en hilachos;

una plegaria que se hunde

entre los hallazgos del forense.

Señora, matriz y vientre

en búsqueda

del salitre de los cadáveres:

colisión contra los astutos sicarios de “La Maña”,

cómplices funcionarios y subalternos,

la omisión hecha rutina.

Mujeres en búsqueda del descanso:

Llanto suspendido,

un cuerpo, un acuerdo con la muerte;

un nombre que regrese al polvo,

respuesta concreta a la pregunta

sobre la ciega fiereza de los vivos.

Madre Tierra,

huesos, piel, certeza,

brotes de memoria que reclaman

en la entraña del olvido.

“Mujeres que remueven la ceniza” es un poema coral y elegíaco que retrata la búsqueda incansable de las madres mexicanas que escarban la tierra para encontrar a sus hijos desaparecidos. A través de imágenes de polvo, ceniza y silencio, el texto transita del territorio devastado a la intimidad del duelo, de la denuncia social a…

Reencuentro con Nicolás

César Raúl González Bonilla

Al morir, nos sembramos en la tierra.

Nos reencontraremos, Nicolás,

donde el dios del fuego,

señor de las estaciones,

nos tiene reservada una parcela.

En aquel universo horizontal

sembraremos maíz, Nicolás,

desde el otro lado del aliento.

Ahí, donde veremos crecer las raíces

de los cuatro árboles que sostienen a la tierra.

Será la mejor vista para presenciar

como germina el frijol.

Espéranos Nicolás, sin mucha prisa,

podremos curiosear

lo que ahora sólo imaginamos.

De nuestro cabello surgirán las flores,

de nuestra piel nacerán las hormigas

y serán los ojos nuestros, manantiales.

Estaremos cobijados por barro,

quedará sólo el barro

y beberemos, Nicolás, desde la noche,

la sangre del maguey hasta el hartazgo

y cantarás

desde el silencio, un poema.

Reencuentro con Nicolás es un poema ritual y profundo en el que César Raúl González Bonilla transforma la despedida en un canto de continuidad y esperanza. A través de imágenes que evocan la cosmovisión mesoamericana —el maíz, el frijol, el barro, el maguey— la voz poética promete un reencuentro con Nicolás en el horizonte sagrado donde la vida y la muerte se entrelazan.En ese universo horizontal, los…

Violetas

César Raúl González Bonilla

Sangra la tierra
racimos de tristeza,
violetas rojas
 
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Este haiku evoca el dolor profundo de la tierra que sangra, transformando su herida en racimos de tristeza y violetas rojas. A través de una imagen natural y minimalista, el poema refleja la fragilidad de la vida y la belleza trágica que surge de la herida silenciosa de la naturaleza.

César Raúl González Bonilla

Llueve y llueve, pero en cielos apacibles.

Llueve y llueve,

sin relámpagos ni grises encrespados,

donde el viento no conoce torbellinos

y las nubes son, tan solo, telarañas.

 

Mientras llueve el cielo se disculpa,

dejando caer su letárgica humedad:

desciende el agua con paciencia

y su música se acomoda en los tejados.

 

Las nubes tratan de tocar el sembradío

para no dañar las hojas,

mientras la tierra respira y se dilata,

las raíces sacian el deseo,

los gusanos conversan en voz baja.

 

Llueve y llueve,

lluvia dócil sin urgencia,

sin castigo ni consuelo;

las brasas se disuelven,

las cenizas se acomodan.

Todo se calma, la lluvia repara por nosotros.

 

En este poema, la lluvia se convierte en símbolo de serenidad y reparación. Sin tormenta ni violencia, el cielo se disculpa, la tierra respira y el agua apaga las brasas del recuerdo. Todo retorna a su equilibrio natural: la lluvia actúa por nosotros, purificando lo que el alma no puede sanar.