Mudos

César Raúl González Bonilla

«Hay silencios que gritan.»

El silencio que desgarra,

virulento y rencoroso,                                              

alarido de furia,

retorcida bayoneta que penetra,

humo tóxico que asfixia.

El silencio que se atora en la garganta,

hondo desfiladero del afecto,

maldiciente barranco que separa.

El silencio perpetuo,

pesado como plomo,

losa de remordimientos,

que duele cuando calla,

misericordioso algunas veces.

El silencio afónico

nebuloso y sin sentido,

hilado con vacío,

purgatorio donde expiar la inexistencia.

El silencio prudente,

fugaz recuerdo,

el retrato de mi madre,

sonrisa silenciosa que apacigua,

manantial con agua clara.

El silencio delicado,

hipnótico alcaloide,

que entorpece los sentidos

con el roce de tus labios.

El silencio que perdura,

rumor de las estrellas,

balada distante en la noche serena.

Escombros y desechos,

no quedan más

silencios que decirnos.

En “Mudos”, los distintos rostros del silencio revelan emociones extremas: furia, culpa, ternura y deseo. Cada estrofa disecciona una forma de callar, desde la herida hasta la calma, hasta llegar al punto en que ya no hay nada que decir. El poema es un retrato del grito interior.

Fatiga

César Raúl González Bonilla

“El cuerpo envejece, se desgasta el alma.”

Ya no tengo sed de mi veneno,

mis ilusiones se quebraron en pedazos;

se agotó de pronto la tristeza,

se disipa la amargura de mi lengua.

La tarde brotó en mi pecho despoblado.

Yo no me di cuenta porque estaba ausente,

viviendo los días, sin ver los instantes;

giraba la inercia ajena a mi carne

dejando a su paso fragmentos de alma.

Yacen a mi espalda

esqueletos viejos y pieles sin dueño;

abrazos torcidos y amores deshechos.

Se secó la vida,

mis deseos son polvo,

colapsó el recinto de mis emociones;

hoy tan sólo quiero

dormir un momento,

ya no siento nada, estoy muy cansado.

Fatiga es un poema de introspección y agotamiento existencial. A través de imágenes corporales y ruinas del alma, explora la pérdida de ilusiones, la inercia del tiempo y el colapso interior. La voz poética confiesa un cansancio absoluto, donde solo queda el deseo de disolverse en descanso.

La senda de las hormigas

César Raúl González Bonilla

«Mentir es el preludio de la despedida.»

A veces digo mentiras.

Yo sé que en ocasiones miento,

como beber agua salada para saciar la sed

me abrazo a la sombra y la llamo cuerpo.

Yo sé que en ocasiones miento,

cuando construyo el espejismo con escombros

y me escondo detrás de una cortina de rutina.

Apago las luces donde no quiero mirar

y doblo el espejo para ver la imagen que deseo.

Yo sé que digo mentiras,

cuando pinto de azul mi jaula y la llamo cielo;

suelo enredar palabras como hilos

y tejerlas de manera que no hieran

Te respiro como un humo dulce,

tu cuerpo es mi ritual, mi abismo y mi consuelo.

Me trago las mentiras -aunque sé que tienen filo-

cuando tus ojos buscan a los míos,

me refugio en las grietas en el suelo

y trato de encontrar en la senda

que dejan las hormigas

una forma amable de decir ya no te quiero.

La senda de las hormigas explora la fragilidad de la verdad y las pequeñas traiciones cotidianas que tejemos para sobrevivir. A través de imágenes íntimas y potentes —jaulas pintadas de azul, espejismos, sombras— el poema se convierte en un acto de confesión donde la mentira aparece como un refugio y, al mismo tiempo, como un filo que hiere. Las hormigas, con su silenciosa y meticulosa caminata, simbolizan el intento de encontrar un sendero sutil para pronunciar lo indecible: el fin de un amor.