César Raúl González Bonilla
“Ninguna máscara oculta el temblor del alma.”
Conozco los rostros de ojos fijos,
los que acechan con su flama,
la fracción de un parpadeo,
el gesto que delata grietas.
Conozco el rostro del futuro que se encoge
y casi todas las sonrisas:
las francas, las huecas,
las de esmalte brillante de charol,
las que nacen del espejo,
las de comisura equivocada.
Conozco los apretones de mano,
los metálicos, de pulso firme,
los de tacto húmedo,
los de filosas aristas.
Conozco -también- algunos gestos,
no hay disfraz que resista el temblor,
el nudo en la garganta,
el silencio que confiesa,
la respiración que vacila.
Estas minucias desnudan:
el infiel se vuelve leal,
el traidor se torna noble
y el alevoso, sincero.
Yo no creo en los gestos amplios,
ni en la sonrisa que dura;
prefiero la oscilación vacilante, la verdad accidental,
fugitiva sin permiso.
En El temblor de los ojos, el hablante observa el lenguaje oculto del cuerpo humano —los rostros, las sonrisas, los apretones de mano— y descubre en ellos las grietas de la verdad. A través de una mirada lúcida y contenida, el poema revela cómo los gestos mínimos traicionan lo que el alma intenta disimular. El…