El barrio despierta

César Raúl González Bonilla

“La ciudad sueña con ser amable.”

En el aire frío del otoño,
el barrio se resiste a la mañana,
y los edificios comienzan a inquietarse.
Los árboles solo observan,
con los restos de la primavera
entre sus ramas.
Los pájaros hurgan en las sobras,
y las sombras juegan a trepar por las paredes.

Muros donde viven grietas,
ventanas sin dientes,
y ladrillos desnudos.

Azoteas de telarañas,
y de antenas que se contorsionan
tratando de olfatear al cielo.

Las fachadas desteñidas,
rojas y azules —que fueron azules y rojas—,
señalan que alguien adentro tiene vida.

Condominios o viviendas —simplemente—,
son como legos de familias apiladas,
cada cual con sus proles y problemas.

En los balcones la ciudad respira:
las camisas agitan su saludo,
las ollas expiden el olor de la manteca,
los radios alborotan,
y los niños inventan el futuro.

Es la ciudad que respira y se levanta;
la casa de todos
solo por hoy quiere ser buena,
como si soñara
que aún puede ser amable.

El barrio despierta es una mirada poética al amanecer urbano: un retrato del momento en que la ciudad, entre la rutina y el desgaste, recupera su respiración. Desde las grietas de los muros hasta el olor de la manteca en los balcones, el poema observa con ternura y lucidez el pulso cotidiano de quienes habitan…

Pregunta siete

Cesar Raúl González Bonilla

“Donde muere la luz, germina la obscuridad”

El pasillo se tragará tus pasos sin retorno,

con tu espalda convertida en despedida.

Te fundirás en las sombras de la calle

y el sonido de tus pasos será eco de reproches.

Analizaré -entonces- mis errores,

reconstruiré los fragmentos de mi núcleo,

viviré el duelo como oficio cotidiano

y el experimento transitorio de la vida.

¿Será hondo el abismo de la ausencia?

Si logro evaporar los residuos corrosivos

aunque queden huellas de fantasmas;

me embriagaré con breves horizontes

y encontraré mi nuevo amanecer en el ocaso.

El poema transita de la despedida dolorosa hacia una introspección que convierte el duelo en oficio cotidiano. Entre pasillos que devoran pasos, sombras y reproches, el yo lírico busca disolver la corrosión de la ausencia. Finalmente, halla una paradoja vital: un nuevo amanecer en medio del ocaso.

Gato

César Raúl González Bonilla

«El sol se astilla en las pupilas del gato»

Cuando la noche se disuelve

por el último escondrijo de mi cama,

se deslizan las sombras de las nubes

en la primera claridad de la cortina.

Despierta ligero y perezoso

el silencio que guarda los secretos.

El jarrón refleja la mañana

cuando abre los ojos el espejo.

El rumor de los gusanos, larvas y vecinos

 se escucha susurrar en la hojarasca;

biósfera diminuta del jardín  

donde vuelve la vida testaruda.

El gato

-onda y partícula de polvo-

se escurre hacia la luz

cauteloso como anhelo.

Sus pupilas -hendiduras de obsidiana, rendijas de fuego-

inmóviles sujetan a las alas que lo miran,

y vigilan las líneas concurrentes de la calle.

Geómetra del balcón que vigila el caserío;

entreteje con sospechas

y astillas del sol en su ventana.

El texto retrata el tránsito de la noche al amanecer en un espacio íntimo donde objetos y sonidos domésticos se cargan de misterio. La claridad irrumpe poco a poco, revelando la vida diminuta del jardín y la presencia de un gato que, con pupilas de obsidiana y fuego, observa y mide el vecindario. Su mirada…

Tu sonrisa tiene

César Raúl González Bonilla

Toda sonrisa es profesía
 
Tu sonrisa tiene un lado obscuro,
insinuación apenas de la flama
oculta en la hojarasca.Sospecha del aliento
en el umbral del otro lado del espejo.
 
Es el rumor en el silencio de la noche,
la madrugada de Casitas,
palpitar del mar tranquilo
que no se cansa de acariciar la playa.

Hay una tenue invitación en tu sonrisa
a transponer el origen del rocío
para saciar la sed
y cabalgar en la grupa de la magia.

Tu sonrisa es un débil contorno del deseo,
sombra en la penumbra
a las seis de la mañana,
profecía de un amanecer desconocido.

Tu sonrisa tiene» es un poema intimista y sensorial que explora el misterio y la profundidad de una sonrisa que va más allá de lo visible. La sonrisa aquí se convierte en umbral, en invitación secreta a un territorio de deseo, magia y amanecer. Es un canto a la ambigüedad y la belleza oculta, al presentir algo más allá del reflejo, del silencio y del instante.

Pescadores

César Raúl González Bonilla

«El mar duerme antes de volver a respirar.”

Cuando cae la tarde en el estero

barre el viento decembrino

el fastidio de las sombras alargadas.

Ya esperan las balsas en cardumen

beber la sal y alcanzar el horizonte.

Será mañana,

hoy descansan al vaivén de la resaca

rechinando suavemente la madera.

El cansancio lleva peces en la cesta

y sus huellas viajarán con la marea.

Hallarán la noche

arropadas por su manto de consuelo.

Será por la mañana

cuando despunte el día.

Las siluetas empapadas

tomarán las cestas,

remontarán el tremor del azul interminable

para descubrir de nuevo el horizonte.

El poema describe el reposo vespertino de las balsas en un estero tras la jornada de pesca. La tarde decembrina, el viento y el vaivén de la resaca acompañan el descanso de hombres y embarcaciones. Con un tono contemplativo, el texto celebra la quietud y anticipa el renacer del día siguiente.