César Raúl González Bonilla

Llueve y llueve, pero en cielos apacibles.

Llueve y llueve,

sin relámpagos ni grises encrespados,

donde el viento no conoce torbellinos

y las nubes son, tan solo, telarañas.

 

Mientras llueve el cielo se disculpa,

dejando caer su letárgica humedad:

desciende el agua con paciencia

y su música se acomoda en los tejados.

 

Las nubes tratan de tocar el sembradío

para no dañar las hojas,

mientras la tierra respira y se dilata,

las raíces sacian el deseo,

los gusanos conversan en voz baja.

 

Llueve y llueve,

lluvia dócil sin urgencia,

sin castigo ni consuelo;

las brasas se disuelven,

las cenizas se acomodan.

Todo se calma, la lluvia repara por nosotros.

 

En este poema, la lluvia se convierte en símbolo de serenidad y reparación. Sin tormenta ni violencia, el cielo se disculpa, la tierra respira y el agua apaga las brasas del recuerdo. Todo retorna a su equilibrio natural: la lluvia actúa por nosotros, purificando lo que el alma no puede sanar.

Aquí y allá

César Raúl Gonzále Bonilla

 

“Allá fui promesa; aquí soy verdad.”

Allá soy el amor contemplativo,
paradigma extraviado en tu memoria,
un apunte del anhelo
y una fotografía ausente en tu recámara.

Aquí soy el querer preciso,
construido con adobes imperfectos,
la piel que puedes tocar,
la sencilla voz que te acaricia.

Allá soy la promesa no cumplida,
los obsequios silenciosos,
un indicio pertinaz,
esperanza que se aleja.

Aquí yo ofrezco lo que tengo,
el aroma a los dos cuando amanece
y el placer de mirarnos a los ojos.

Allá soy uno más de tus fantasmas,
aquí somos yo y mi sombra,
que avanzamos.

Aquí y allá reflexiona sobre el amor dividido entre el recuerdo y la presencia. El hablante contrasta el pasado idealizado con el presente imperfecto pero real. Entre la nostalgia y la aceptación, el poema celebra la autenticidad del amor cotidiano frente a la perfección inalcanzable de lo que ya no existe.

Pregunta cinco

Por César Raúl González Bonilla

«A veces el corazón se ausenta»

¿En dónde dejé mi corazón,
en qué sitio del camino lo perdí?
Seguramente al conversar mis dos cerebros,
se fue, sin darme cuenta, por un hoyo en mi camisa.

¿Huyó mientras veía televisión indiferente,
lo perdí en un taxi, al tirar papeles viejos,
o al pagar la cuenta del supermercado?

En resumen, no está aquí,
el mediastino está vacío,
empolvado de hace tiempo
y no fluye la sangre por mis venas.

Con la promesa de un amor tardío
esperan mis células sedientas,
la resurrección o la agonía.

El autor reflexiona sobre la pérdida emocional, preguntándose dónde ha dejado su corazón. Describe momentos cotidianos que podrían haber llevado a esta ausencia. Su mediastino está vacío y anhela un amor tardío, expresando un profundo deseo de resurrección y lucha entre la vida y la agonía.

Mi casa

César Raúl González Bonilla

Mi casa es un recuerdo de ladrillos

Yo tengo una casa, donde habita el polvo.
Abrigo de nadie, por sus ventanales,
de cristal de sueños,
sólo el tiempo observa dormir a los volcanes.

El silencio llena todas sus aristas
y por los pasillos gravita el olvido.
La yerba se extiende y gana el espacio
que había dedicado a nuestro sendero.

Al cerrar la puerta trasciende la noche,
los muros descansan, el aire está quieto.
Adentro el vacío se queda estancado
y afuera soy yo la fachada.

En esta mi casa,
inerte es el polvo del nido vacío,
el nido de polvo de cristal de sueños

Mi casa es una meditación sobre la soledad, el paso del tiempo y la persistencia de la memoria. El hablante convierte su hogar en una metáfora del propio ser: un espacio donde habitan el polvo, el silencio y el olvido. Los muros, inmóviles, guardan los rastros de una vida compartida y perdida. En el verso…

Purgatorio

César Raúl González Bonilla

“La eternidad es la forma más lenta de la espera.”
 
En el reino de la oscuridad no se ve absolutamente nada. El silencio es tan hondo, que todo lo rodea. Es inútil tratar de andar a tientas, pues el cuerpo prorrogado se suspende en el vacío. El tiempo yace y aguarda para siempre en un instante. Las almas en detención nunca se encuentran. Lo sé de cierto, en este purgatorio sólo se espera…se espera….se espera.

El texto retrata un estado de suspensión absoluta: un alma atrapada en el vacío del purgatorio, donde no hay movimiento, sonido ni tiempo. Todo se reduce a la espera interminable. A través de un tono reflexivo y austero, el autor medita sobre la soledad, el silencio y la imposibilidad del encuentro.

Nos llegó la noche

César Raúl González Bonilla.

«Los lobos gobiernan la noche”

Alguien se robó la luna,
no la puedo ver a través de mi ventana.
Las calles insisten en estar vacías.
Sólo el viento lleva el aroma del temor que nos ahoga.

En la obscuridad nos acechan cientos de ojos centelleantes.
Hablamos en voz baja.
Nos espían.
Son los lobos que rondan nuestras casas
y nos quieren devorar con sus fauces intangibles.

Alguien se robó la luna.
Nadie ha de salir para buscarla
por temor de sufrir una emboscada.
Se llevaron la inocencia,
se quedó el atraso.

No tengo más el derecho de caminar
el callejón del abuelo
y beberme las estrellas sorbo a sorbo.

Alguien se robó la calma
A partir de hoy nos gobierna el sobresalto.
Nos llegó la noche,
mientras compraba la despensa para comer esta semana.

El disparo

Por César Raúl González Bonilla

«Un arma no dispara sola: la empuñan el poder, el miedo y la indiferencia”

En la oscuridad donde avistamos todo,
una mano toma la empuñadura,
cachas de oro bruñidas con ausentes.
De simple acción gira el cilindro,
alineando la recámara cargada con la muerte,
engendro del dinero qque gobierna.

Es un clic, es un destello
cuando el martillo se impulsa hacia delante,
¿Quien jaló el gatillo
encrespando tanto al avispero?
Soldados y gendarmes putrefactos,
curas y leguleyos vertedores de saliva,
idiotas consumidores de veneno.

La aguja golpea con violencia,
jauría hambrienta de fosas clandestinas.
El cañón escupe fuego
reventando los filamentos de mi tierra
Humo de pólvora quemada,
huracán de cocaína.

Avanza la bala a trecientos metros por suspiro,
penetra y quema el pellejo
de los muertos sin sepulcro,
estalla en las entrañas,
hiere nuestras carnes
en la obscuridad donde avistamos todo.

Aquí no hay buenos,
tan sólo ciegos,
miopes y sordomudos voluntarios.

 

 

 

El poema retrata la violencia como un ciclo inquebrantable: desde la preparación del arma hasta el impacto de la bala, pasando por los cómplices que sostienen el sistema —soldados, curas, consumidores— y culminando en la denuncia de una sociedad que elige no ver. Con imágenes crudas y potentes, expone la corrupción del poder, la herida…

Lo que persiste

César Raúl González Bonilla

“El silencio también ocupa su lugar”

Se quedó tu ausencia,
ahora tu silencio vive aquí conmigo.
Las horas que dejaste muy serias se detienen
y luego inquisitivas me observan y me inculpan.

Si vieras que difícil me resulta
descender por la penumbra de la noche;
cerrar las cortinas de mi cuarto
y refugiarme en un cajón de mi cerebro.

Persiste todavía
el espacio que dejaste en nuestra cama.
Tangente que me lleva a lo apartado,
cavidad que excavo cada vez que te acaricio.

Mientras trato de dormir
llegan las culpas,
rastrojos que convergen en mi vientre.
La ansiedad mastica los escombros
y me hace esperar lo más sombrío.
Algo va a ocurrir, es inminente,
alguien va a tocar esta mi puerta.

 

Lo que persiste es un poema de duelo y vigilia interior. El hablante lírico enfrenta la ausencia del ser amado, convertida en presencia muda que habita su espacio y su mente. Entre la penumbra, la culpa y la ansiedad, el poema explora cómo el silencio y la memoria conservan la forma del amor perdido. La…

Carga genética

César Raúl González Bonilla

“En cada célula se esconde una sombra.”

Genes malignos y perversos,
malandrines que dictan mis conductas,
nublan el huerto en mi cerebro,
estos mis versos
y pronuncian aguijones infectos, que lastiman.

Son viles y siniestros malhechores
que cabalgan en todas mis neuronas,
liquidan la simpleza del rocío
y envenenan el aire que respiro.

Descarados duendes maliciosos,
diligentes proveedores de veneno
que adulteran mis afectos verdaderos.

Están conmigo,
somos la misma sal del pan que me alimenta,
construimos la soledad en compañía
y esperamos la muerte que libera.

 

 

Carga genética explora la lucha interior entre la biología y la conciencia. El hablante describe sus genes como seres perversos que gobiernan sus actos y corrompen sus emociones. Con tono lúcido y sombrío, acepta su condición y reconoce que la vida y la muerte son parte del mismo linaje inevitable.