El cazador de pesadillas

César Raúl González Bonilla

El sueño es la trampa perfecta

El cazador de pesadillas estaba perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado perdido en la jungla de los sueños, cuando la obscuridad lo devoró por completo y despertó sobresaltado en otro sueño.

Travesía en el mar de los naranjos

César Raúl González Bonilla

DSC01823En el jardín de los naranjos se acerca el final del día, mientras el niño juega, otra vez, a construir un barco con las hojas que dormitan en la hierba, quiere  aprovechar la quietud y los últimos rayos de luz para recrearse en la fantasía. Se recuesta y entre los pequeños dedos navega su carabela.  Mueve un brazo y el patio es el océano, mueve el otro y surca la tormenta.  Sopla tenue y el huracán ruge y quiere devorar su barco de una tarascada.

Navega boca arriba en el mar de lo imposible, se enfrenta a la marejada, lucha contra los dragones y quiere alcanzar el sol que ya se escapa atrás del horizonte. Cuando la última tarde de agosto se termina y se calla el viento del oriente es hora de regresar a la realidad del cuarto citadino, porque el delirio que suele acompañar a los moribundos anuncia el final de la travesía.

La nave llega por fin a puerto, atraca suave y el anciano, que quiso ser niño de nuevo, la abandona para siempre.

Indocumentado

César Raúl González Bonilla

Los niños no podían alimentarse más con tortillas remojadas en los rezos de su madre. No era cosa de seguir esperando, había que tomar una decisión. Anudó sus pocos trapos, llenó sus ojos con la presencia de sus hijos, se abrió paso entre los adolescentes que jugaban al futbol con una cabeza y dejó atrás el caserío. No quería alcanzar el sueño americano, sino trabajo simplemente. Viajó en el lomo La Bestia, junto con las reses y la muerte agazapada. Pagó al pollero, cruzó frontera en un camión repleto de tomates y llegó a los campos de Florida, donde cuatro huracanes habían arrancado árboles, frutas, anhelos y esperanzas. Sería por la hierba, por el alcohol o por el tremendo calor, el caso es que resolvió no morir asado y con la boca seca. Tomó una naranja y la lanzó contra el cielo, pero la ardiente rueda de cobre no se inquietó ni dijo nada. Repitió entonces el intento dos, tres e innumerables veces. Los piscadores se unieron a la cacería del medio día y las avenidas, entre las hileras de árboles, quedaron cubiertas de cadáveres redondos. Era tan grande la confusión y las ganas de tirar al sol a punta de naranjazos, que tuvieron que llegar los Rangers para detener al revoltoso. Prácticos como son los americanos, decidieron deportarlo para acabar, de una vez por todas, con las naranjas y, con un poco de suerte, con el sol que llamea por abajo del Río Grande.

El demonio de Carlitos

César Raúl González Bonilla

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Soy el demonio que vive en la cabeza de Carlitos.  Lo conozco  desde pequeño,  he tratado de mostrarle cómo es el terror a la obscuridad,  introducirme en sus sueños y causarle pesadillas. Quiero ahondar en sus emociones, estremecerlo para ser el fiel de la balanza y lograr que elaboren lágrimas sus ojos, pero el niño parece no sentir escalofríos y nunca lo he visto padecer pánico o angustia. Es insensible, lejano, indiferente y su sonrisa es más bien una mueca que evoca la crueldad de un lince que juega con su presa.  Le gusta experimentar con la violencia y la saña, se divierte con juegos perversos, como ese de rociar con gasolina al gato y prenderle fuego sólo para ver qué tanto brinca.  Soy el demonio que vive en la cabeza de Carlitos,  tengo miedo del destino y no puedo abandonarlo.

Circunstancias

César Raúl González Bonilla

Vivir es coleccionar despedidas

Extravié los días lluviosos de septiembre
y las tardes a la sombra de la higuera.

Un día los dejé desatendidos
con mi  infancia envuelta en los asombros.
Se desvaneció la mirada de mi abuela
y los juegos en el luminoso patio de su casa.

Supe alguna vez tocar una guitarra
y luego la arrojé al baúl de las banderas.
Olvidé ser joven y el placer de dialogar con los embrujos.

Desapareció mi novia adolescente.
Se evaporó el perfume de su piel
y dejé de verla en cada escaparate.

Desistí de ver a los amigos,
las pláticas con sabor a levadura.
Entonces olvidé ser grande
y perdí la condición de experto doctor de los ratones.

Mi mujer renunció a quererme cada día
y yo cesé de enamorarla por la noche.
Nuestros hijos crecieron a pesar de los insomnios
y se fueron mis  padres con la niebla.

Desertó la salud de mis arterias
y mis dientes huyeron uno a uno,
se murió mi perra y perdí un zapato.

Se retira el invierno y ya viene la noche inevitable.

Atesoro ausencias, mermas, quebrantos, deudas y faltantes

Un poema íntimo que recorre el inventario de pérdidas a lo largo de una vida: la infancia, el amor, la juventud, la familia y la salud; una reflexión nostálgica que retrata cómo las ausencias se convierten en el verdadero tesoro acumulado al final del camino.

La jauría y su presa

César Raúl González Bonilla

En el patio de la escuela preparatoria, en  una tarde lluviosa como muchas, se reúne un grupo de muchachos alrededor del obeso diferente. Asechan a su presa favorita, aquel que ha tenido que transitar por las burlas, los insultos y, en ocasiones, a través de los golpes de sus pares.  Los jóvenes casan en grupo,  cercan a su presa y la muerden por la espalda.  Son siete, pero bien pudiesen ser mil.  El muchacho gordo, que permanece sentado y silencioso, es una roca que soporta indiferente con la mirada que se aferra hacia la nada.  Se aproxima amenazante el más alto, el lobo dominante  lo agrede y lo escupe con palabras.  De pronto un fogonazo y el regordete es un toro que levanta a la res por arriba de su cornamenta y la azota con violencia contra el suelo, con la ira que acumularon los doscientos corderos que fueron masacrados cada tarde en el patio de la escuela. Nadie atiende al dolorido cuerpo que se arrastra sobre el suelo, mientras el silencio y la incredulidad inundan la tarde. El obeso de las pocas palabras se aleja tranquilo con la mirada fría, que suele tener el  líder de la jauría.

Experiencia acumulada

César Raúl González Bonilla

Con la destreza de un artesano maneja el escalpelo. La experiencia acumulada hace que su ocupación tenga un cierto contenido estético. Tiene la habilidad de manos que se logra sólo con la madurez y la experiencia.  Es un talentoso especialista que conoce profundamente la anatomía y la técnica quirúrgica, corta la piel con precisión, retiene el sangrado, aparta las fascias y separa los músculos con sutileza. El minucioso Jack el destripador es cada vez más frío y pronto se convertirá en leyenda.

Euforia

César Raúl González Bonilla

 

 

La muerte me sonríe… y yo le devuelvo el favor

Estoy feliz por antojo de alegría,

en ausencia de razones tengo un gozo secular,

es difícil de explicar, el saludable hedonismo.

Comenzando por el pelo

y concluyendo en los pies

a través de cada poro,

despido vapor de euforia.

Mis manos están contentas,

mis piernas viven dichosas

y corre por mis arterias,

en vez de sangre, delicia.

Hoy siento la efervescencia del vivaz metabolismo.

Con entusiasmo integral transcriben todos mis genes,

desde el prólogo tres prima,

hasta el prima cinco final.

Es un hecho concluyente

que no importan las pasiones,

hoy degusto el optimismo

y puedo hacerlo contigo,

con tu omisión y a pesar de tu presencia.

¿ A quién le atañe mi vida,

alguien llorará mi hasta nunca?

Detalles sin importancia,

hoy me fornico a la muerte

disfrutando su sonrisa.

El poema celebra un estado de euforia absoluta e inexplicable, una alegría espontánea que invade cada célula del cuerpo. El yo poético experimenta un gozo vital que no depende de nadie ni de nada, incluso desafía a la muerte con desparpajo y sensualidad, transformando el júbilo en una afirmación radical de la existencia.

En la convención

César Raúl González Bonilla

 

En el incómodo diván de arena movediza

con su rojo respaldo lastimado,

intrigan los minutos en mi contra.

Que amplia es la estancia y cómo se dilata

donde está la multitud y se encuentra el alboroto.

Con el piso de loseta fulgurante

y las líneas que convergen en el fondo

entre grises sueños diagonales,

yo sentado en este diván de piel enferma y roja.

Aquí soy un lugar tan alejado, sin dudar tan alejado.

En la pared hay un lienzo gigantesco

que trata de evocar una manzana

pero sólo es tela desgarrada, envejecida

En el corazón del rumor hay un murmullo,

prisionero que se deja escuchar en la afonía.

El silencio apenas balbucea,

es un imprudente lamento enflaquecido.

Ellos, en grupos de diez o cinco,

organizan el volar de los insectos,

yo sentado trato de encontrar en el techo alguna nube,

en el incómodo diván de arena movediza.

 

Un yo lírico se siente aislado y profundamente ajeno mientras observa desde un incómodo diván rojo una convención bulliciosa; rodeado de ruido, imágenes desgastadas y un ambiente asfixiante, reflexiona sobre su distancia existencial y emocional, sumido en la soledad y el extrañamiento.