En el desierto,
la sola gota de agua
es compañía
La arena inherte,
cuando sacia su sed
sueña de nuevo
En el desierto,
la sola gota de agua
es compañía
La arena inherte,
cuando sacia su sed
sueña de nuevo
César Raúl González Bonilla
El haiku presenta al invierno como metáfora de la frialdad emocional. A través de la mirada del otro, el yo lírico descubre indiferencia: una estación interna que refleja distancia afectiva y desapego. La sencillez de la imagen transmite el peso silencioso de la incomunicación.
César Raúl González Bonilla
La publicación de César Raúl González Bonilla evoca imágenes vívidas de un sabor oculto, contrastando la suavidad de los labios con la áspera amargura de los limones. Esta yuxtaposición sugiere una experiencia emocional o sensorial más profunda, que invita a reflexionar sobre las complejidades del deseo y el juego entre dulzura y amargura en la…
César Raúl González Bonilla
En tu mirada
es el tiempo de lluvias
y el gris del viento.
Llueve y llueve,
bajo cielos serenos,
brota la paz.
Lluvia de otoño,
el campo reverdece,
la ciudad llora.
Bebe la tarde
fatiga de ceniza,
agua de lluvia.
La lluvia que cae;
en cada gota de azul
dice tu nombre.
El viejo cae,
gota de agua que estalla
contra el suelo
El haiku refleja en la mirada ajena un paisaje interior marcado por la melancolía. El “tiempo de lluvias” alude a la renovación y la tristeza, mientras el viento gris transmite desolación. La unión de naturaleza y emoción convierte la escena en un espejo del sentir humano
César Raúl González Bonilla
César Raúl González Bonilla
«No me comieron, los cuervos permanecen en mi cuerpo.«
No me comieron
-o no han querido comerme-,
los cuervos permanecen en mi cuerpo.
Entraron sin pedir permiso
cuando desayunaba cereal por la mañana.
Hicieron su nido entre mis sueños
y se asoman a través de mis costillas;
se entretienen con el tenue ruido de la sangre,
picoteando despacio desde adentro.
Beben de mi fiebre cuando pienso,
se dedican a hacer sus agujeros
entre mi bazo y mi memoria:
dejando irritación y costras funerales.
Cuervos sin hambre, sin deseo,
que se sacian devorando lo que callo
y graznan la suave lengua del insomnio.
No me comieron
-o no me comen todavía-
en el silencio que me habita,
los cuervos negros de las sombras.
El hablante sobrevive a su propia carroña. Los cuervos no lo devoran, lo habitan: anidan entre sus órganos, beben su fiebre y se alimentan del silencio. En este cuerpo-conciencia, lo oscuro ya no amenaza desde afuera: permanece dentro, picoteando despacio desde el pensamiento y la memoria.
César Raúl Gonzáalez Bonilla
El soberano del reino de Abundancia decretó que cada jugador tuviese tres balones, lo que generó una gran felicidad en todos los corazones y eliminó cualquier espacio para fantasías. La decisión transformó el ambiente, promoviendo la alegría y la satisfacción entre los habitantes del reino.
César Raúl González Bonilla
Toda sonrisa es profesía
Hay una tenue invitación en tu sonrisa
a transponer el origen del rocío
para saciar la sed
y cabalgar en la grupa de la magia.
Tu sonrisa es un débil contorno del deseo,
sombra en la penumbra
a las seis de la mañana,
profecía de un amanecer desconocido.
Tu sonrisa tiene» es un poema intimista y sensorial que explora el misterio y la profundidad de una sonrisa que va más allá de lo visible. La sonrisa aquí se convierte en umbral, en invitación secreta a un territorio de deseo, magia y amanecer. Es un canto a la ambigüedad y la belleza oculta, al presentir algo más allá del reflejo, del silencio y del instante.
César Raúl González Bonilla
Este haiku evoca el dolor profundo de la tierra que sangra, transformando su herida en racimos de tristeza y violetas rojas. A través de una imagen natural y minimalista, el poema refleja la fragilidad de la vida y la belleza trágica que surge de la herida silenciosa de la naturaleza.
César Raúl González Bonilla
El anciano salió de mi consultorio con una sonrisa y se perdió entrelazado con el bullicio ahogado de los afligidos pacientes, que esperaban con enfado su turno para ser atendidos. Me quedé absorto y vi cómo se alejaba aquel viejo jamelgo a través del largo pasillo de la clínica, abriéndose paso entre la muchedumbre, trotando alegremente como un orgulloso semental, con la seguridad de que sería yo discreto al atender a la anciana mujer, su compañera por más de medio siglo. Tratar a su joven amante de una enfermedad venérea no sería problema, pues ella comprendía, según el viejo, que los hombres tienen necesidades, pero estaba yo ahí pensando cómo abordar a su adorada anciana, mientras en mi mente me daba vueltas el “Nomás no le diga nada a mi viejita, porque capaz que se me muere de un disgusto”