Trémulo murmullo

César Raúl González Bonilla

“El deseo es tocarte sin tocarte.”

no quiero verte,

ni pensarte,

ni escuchar el temblor de tu voz,

o nuestros labios se reúnan.

quiero que mis manos sean curiosas,

que mi tacto vague

por tu piel de satín tibio;

rozarte apenas

-apenas levemente-

con la punta de los dedos.

deslizarme

ser temblor y escalofrío,

ser corriente,

fluido,

marea que llega y te abandona.

sin tocarte,

casi tocarte,

en la frontera tibia de tu cuerpo

hasta ocuparte toda.

vaivén que vacila,

sentir tu ondulación

a la distancia,

como se mecen las flamas.

girar contigo

en el espiral del vértigo

hasta que tu nombre se disuelva

y quede solo

un trémulo murmullo.

“Trémulo murmullo” es un poema de erotismo contenido donde el deseo se manifiesta como paradoja: anhelar el contacto sin alcanzarlo. El hablante oscila entre la negación y la entrega, entre el impulso y la distancia. A través de imágenes líquidas, térmicas y táctiles, el cuerpo se vuelve lenguaje y el roce, un modo de existencia.…

¿…y las llaves?

César Raúl González Bonilla

“Todo comienza cuando se pierden las llaves”

Están evaporadas,

-se esfumaron por completo-.

¡No encuentro mis putas llaves!

Tengo que volver sobre mis pasos

y rehacer mi camino en retroceso

donde puse las malditas llaves:

Ya no queda duda alguna,

perdí las benditas llaves.

Sólo sé que yo sí sé,

¿pues cómo fue que pasé?

porque estoy -sin duda- adentro.

A ver, dónde dejé las llaves.

Hay un hoyo negro aquí en mi casa,

o es un monstruo come llaves;

quizá fueron los alushes,

que quieren volverme loco.

¿Cómo fue que las perdí?,

¿Por qué extravié su cariño?

Sin decir adiós se fueron

dejándome solitario

cual amante adolorido,

masticando la tristeza,

y llorando el desconsuelo.

¿Acaso están secuestradas,

qué pedirán por rescate?

¿Y si las encuentro,

para qué las quiero?

¿Qué puertas pueden abrir,

cuáles misterios encierran ?

Son puras trivialidades,

pues nada tiene importancia.

En tono sarcástico y reflexivo, el poema narra la desesperada búsqueda de unas llaves extraviadas, que pronto se transforma en una metáfora de la pérdida y el sinsentido. Entre el humor y la melancolía, el hablante pasa de la rabia doméstica a la reflexión existencial: sospecha de monstruos, alushes y chaneques, pero termina comprendiendo que…

Corazón desobediente

César Raúl González Bonilla

«Es inútil discutir con el corazón.»

Ya hablé seriamente con él:

me molesté, nos molestamos.

Traté de conversar con lógica y cautela,

le mostré los escombros de mañana

y las tormentas que -sin duda- nos esperan.

Le expliqué lo absurdo de esta ansiedad,

las madrugadas en vela

por la insensatez de amarte todavía.

Le advertí del riesgo de desastre,

del eco confuso que repite tu silencio.

Pero de nada sirven las razones;

es un cínico insolente,

un rebelde temerario;

mi terco corazón

no quiere otra cosa que quererte.

El hablante sostiene una conversación inútil con su propio corazón: intenta convencerlo de abandonar un amor sin sentido. Expone razones, advierte consecuencias, anticipa ruinas, pero el corazón —insolente y temerario— sigue firme en su deseo. El poema revela con ironía y ternura la eterna tensión entre la lucidez y el sentimiento.

Los fantasmas tienen miedo de los vivos

César Raúl González Bonilla

«Recordar es una forma de resucitar»

Los fantasmas temen al sonido de las voces,

a las fotografías donde respiran;

temor a que -los vivos- los recuerden,

y, en cada memoria, los convoquen.

Los obligan a dejar la soledad,

el encanto eterno del desierto,

y a sentir de nuevo carne y sangre.

El poema invierte la lógica habitual del miedo: no son los vivos quienes temen a los muertos, sino los fantasmas quienes temen ser recordados. En esa inversión, el recuerdo se vuelve castigo, pues obliga al alma errante a revivir la carne y la emoción que quiso abandonar.

A las nueve y a las cinco

César Raúl Gonzálz Bonilla

“Nada más humano que querer lo imposible.”

Como insisten las horas en nombrarte,

con esa necedad de excavar -en silencio-

las cosas que dibujan tus detalles.

Estás presente en el tráfico de viernes,

en el cordón de ojos azules y cobrizos;

En cada pixel de la pantalla,

-a las nueve y a las cinco-

la luz blanca me interroga

y el reloj reclama tu vacío.

Te veo -con obsesión- en la rutina;

te escondes entre párrafos ajenos,

en la pesadilla de informes imprecisos,

en las teclas que conservan tu tibieza.

No hay tranquilidad en cada pausa;

te encuentro —sin querer— en los reflejos,

en los vidrios que deforman los semblantes;

en el bocadillo de las diez de la mañana

y en la taza de café, que sabe amargo.

Me repite -el cerebro -que no existes,

pero el aire murmura tu silueta

y me observas desde el borde de mis párpados.

Espero que la cordura no regrese,

existir -mortal- en esta fiebre cegadora;

en la falsedad de seguir ardiendo

y en el espejismo que respiro.

El hablante poético atraviesa un día de trabajo donde la rutina se mezcla con la obsesión. En cada gesto cotidiano —el tráfico, la pantalla, el café— se filtra la presencia ausente de un deseo imposible. La cordura es una amenaza, y la vida, una fiebre cegadora que sostiene el espejismo de existir.

Tango nocturno

César Raúl González Bonilla

“El deseo tiene cadencia de penumbra.”

En la tibia madrugada que dormita,

un motor arrulla al silencio de la noche;

-eco lejano-, sumiso habitante de la calle.

La oscuridad aún no alcanza a disolverse

cuando una silueta se refugia en otra sombra,

el contorno se dibuja en el borde de la aureola,

ladera que sueña boca abajo.

La cadencia acompaña el roce de los labios,

melodía sinuosa desde el cuello hasta la espalda.

En la oscuridad, los ojos se buscan sin hallarse;

recitan sus nombres, enlazan las piernas,

se toman las manos y bailan despacio.

Al compás de la penumbra, jadean con cadencia,

y flotan al ritmo del tango de Piazzolla.

El zumbido vuelve,

los dos languidecen y siguen soñando descalzos.

Tango nocturno es una coreografía entre el silencio y la piel. En la quietud de la madrugada, el rumor distante de la ciudad se funde con el pulso de dos cuerpos que se buscan en penumbra. La música de Piazzolla, evocada más que oída, guía una danza donde el deseo tiene ritmo y memoria. Cuando…

Cuerpo en penitencia

César Raúl González Bonilla

“El deseo repite su liturgia.”

Se repite el viernes santo

en las mismas tardes santas

vestidas de morado:

al golpe de luz, las llagas de siempre;

cuando pesa el aire, se tropieza del alma.

El roce del mundo -de color morado-

vuelve con sus golpes diminutos,

y casi imperceptibles, sus magulladuras.

Son tardes de senos redondos y deshabitados,

pezones violáceos y muslos azules:

un recuerdo que tropieza,

en la carne que palpita,

destello que duele,

entrañas purpúreas.

Son las mismas tardes bienaventuradas

-de arrepentimiento-

vestidas de violeta,

restos de mi aliento,

el cuerpo egoísta,

liturgia que asfixia.

El hambre, el deseo,

en las mismas tardes santas.

Cuerpo en penitencia es una reflexión sobre la repetición del dolor y el deseo como un rito cotidiano. El hablante observa su cuerpo —y su historia— como un templo donde la culpa y el anhelo celebran una liturgia común. Los colores morados y violetas evocan tanto la herida física como la espiritual. En la tensión…

Inventario

César Raúl González Bonilla

Hoy es tiempo de iniciar el inventario.
Veamos, pues, qué es lo que tengo.

Tengo cincuenta y cuatro,
un camino largo andado
y una trayectoria incierta.

Tengo una esposa que me quiso,
y me quiere —a su manera—;
dos cachorros alejados, graduados como hijos;
la promesa de una nieta para peinarla con trenzas;
dos imbatibles ancianos,
un par de entrañables hermanos
y una familia afectuosa.

Tengo una perra inseparable,
un puñado de legítimos amigos,
cuarenta auténticos colegas
y cien maestros que se dicen mis alumnos;
cuatro discos de Piazzolla
y la poesía de Sabines.

Tengo mil fantasmas en mi sien derecha,
diez proyectos inconclusos,
siete sueños empolvados,
tres amores imposibles,
veinte musas cotidianas,
el recuerdo de unos ojos verdes
y otros negros que me roban el sosiego.

Tengo dos pares de zapatos,
una taza favorita,
nueve experimentos aplazados,
varias piedras en los riñones,
un dolor de cuello,
un pedacito de sol, una nube, una roca
y el reflejo de la luna.

Tengo una célula asesina,
aguardando agazapada para ahogar mi corazón,
devorar mis pulmones
o estallar en mi cerebro una granada.

Por eso tengo un testamento,
aquel nicho esperándome en Sonora,
y la negativa de mi esposa
de mezclar nuestras cenizas.

Tengo la tarea pendiente
de llorar y reír a carcajadas.
Tengo tiempo todavía para aprender
a gatear,
incorporarme y caminar,
balbucear,
valorar el poder de la palabra
y ser un mejor oyente.

Y eso es lo que hoy tengo,
lo que vale la pena contar.

Un recuento vital en primera persona: el hablante enumera sus afectos, objetos, dolencias y aprendizajes como un balance del vivir. Con tono sereno y autocrítico, el poema transforma la memoria en gratitud y la incertidumbre en sentido.

Zapatos

César Raúl González Bonilla

«Los zapatos sueñan con el camino.»

Mi par de zapatos esperan formados
al pie de mi cama:
son dos centinelas,
velaron mis sueños firmes y alineados,
pacientes aguardaron que llegara el día.

Lustrados y aceitosos se encuentran dispuestos
a conducir mis pasos,
tan solo esta jornada.
Ya se ven gastados,
curtidos de tiempo,
pero siguen trabajando,
no están acabados.

Vehículos cotidianos,
guantes confortantes, fundas o corazas,
constantes defensores y sirvientes apegados.
Silentes amantes,
muy suave me estrechan,
solo a mí me abrazan y mi marcha ensanchan.

Son perseverantes, dóciles corceles;
me ayudan a dar pasos firmes,
con la cara en alto,
la mirada al frente, viendo el horizonte.
Que sea lo que venga,
andaremos juntos,
pues la vida ofrece siempre algún camino.

Mis dos camaradas me muestran lo urbano,
marchan cautelosos y susurran leve
que siga en el suelo,
que no me levante,
pues solo las aves sirven para el vuelo.

Naves espaciales:
cuando por la calle ando,
alargo mi paso,
marcho hacia el espacio,
y avanzo de prisa.
Llego así a la luna,
converso por horas con el inquilino,
y estoy tan a gusto con aquel orate,
que mis dos zapatos recobran el mando,
llevándome de vuelta
hasta mi planeta.

En esta oda doméstica, el poeta convierte sus zapatos en compañeros de ruta, confidentes y cómplices del viaje diario y del imaginario. Entre lo cotidiano y lo fantástico, los retrata como centinelas del descanso, corceles de la jornada y naves que lo conducen hasta la luna. El poema celebra la lealtad silenciosa de los objetos…

Pereza

César Raúl González Bonilla

«La pereza es una forma lenta de filosofía.»

Ya dieron las siete en mi apartamento;
la vida, hace rato, se filtró de nuevo.
La luz melindrosa llena cada esquina,
y abajo, la calle es un hormiguero.

Desde muy temprano, en la madrugada,
cada quien persigue su diario sustento.
Suben al transporte llevando por carga
bloques de congojas y de aspiraciones.

Todas mis neuronas son electricistas:
buscan los enchufes, hacen conexiones.
Paulatinamente ceso de estar muerto;
vienen los sentidos, gana la consciencia.

¿Qué si doy las gracias por otra mañana?
¿Qué si miro al cielo con mucha esperanza?
No digo plegarias ni tiene importancia,
pues lo trascendente se encuentra en la almohada.

El cerebro ordena y todos responden:
los riñones filtran, el hígado brega,
mi par de pulmones se llenan de aire,
mis músculos viejos se reportan listos.

Mi máquina cruje, pero desempeña;
el corazón jura que por hoy funciona
y, con entusiasmo, me mira y exclama:
—¡Levántate, hermano!, que el reloj avanza.

¡Caminemos juntos! ¡Hay tantos anhelos!
Construir castillos, descifrar misterios,
escribir historias, robar corazones,
conducir deseos de tantas voluntades.

Yo no digo nada, no quiero disgustos
con sus argumentos.
Solo son mentiras, exageraciones y cursilerías.

Con una sonrisa yo me doy la vuelta,
jalo mis cobijas
y, con un bostezo,
me duermo de nuevo.

En tono humorístico y entrañablemente humano, Pereza describe el despertar de un cuerpo que se resiste a la obligación de existir. Mientras los órganos recuperan su función y la ciudad se activa, el yo poético decide que la vida puede esperar un poco más. Entre la biología y la voluntad, el poema convierte el acto…