Versos diversos

César Raúl González Bonilla

“En la diversidad se construye la casa de lo humano.”

Hay otros como yo,
que tienen palabras distintas
y silencios
que no se parecen a mi sombra.

Son raíces y tallos
que se expanden como múltiples destellos.

En cada brote hay una idea
que madura en frutos con semillas de promesas.

Son rostros extraños,
forasteros de mi fe,
que me encuentran
como tangente que roza y acaricia.

Son figuras que se enlazan,
ecos de las mismas conjeturas.

Unas voces son espejos,
otras son opuestas, discordantes.

Equilibrio de los ángulos quebrados.

Voces que abren puertas
donde yo levanto muros;
encienden luces
allí donde yo cultivo sombras,
y cantan
donde yo apenas murmuro.

Todas estas voces se reinventan
en la falta de certeza;
travesías de memorias enlazadas,
por el abismo de lo incierto,
rutas que confluyen en
un horizonte donde amanece lo posible.

Este que soy, incompleto,
necesita de los otros,
del que me contradice
y aclara la luz que no alcanzo a mirar
porque me ciega.

Somos un lago en el que desembocan
los arroyos del asombro,
aguas serenas que reflejan
la paradoja de lo humano.

Yo no soy sin la esencia de los otros.
En este mosaico plural
cada trazo desigual es concordante.
En nuestras divergencias
está el punzón que nos cincela.

Versos Diversos explora la interdependencia humana mediante imágenes de raíces, destellos, voces y geometrías. El yo poético reconoce su incompletud y halla en la diversidad un mosaico plural donde las diferencias cincelan y fortalecen. De la incertidumbre surge un horizonte posible: la esencia individual solo existe con la de los otros.

En lo pequeño

César Raúl González Bonilla

«Lo fundamental habita en un grano de arroz.»

Nunca puse interés en lo pequeño.

Lo minúsculo es tan volátil,

que se escapa entre los dedos.

Como lo ausente

se fueron, en un sólo parpadeo,

mis días enteros.

Estuve preocupado en atender lo trascendente,

escribir la biografía de las hormigas.

No escuché nada,

quizá porque nada quise escuchar

y nada vi con el nublado lente de mi lupa.

Permanece lo vacante;

del ocioso tejido del vacío

al estéril gris de los deseos.

Todo se evapora cuando la luz se aleja.

En En lo pequeño, César Raúl González Bonilla reflexiona sobre la fugacidad de lo minúsculo y la manera en que la vida se escurre entre los dedos sin que apenas lo notemos. Con un tono introspectivo y casi confesional, el poeta revela la negligencia hacia los detalles cotidianos y la obsesión por lo trascendente, que finalmente se disuelven en el vacío. El poema se convierte en un canto melancólico a lo efímero, a lo no visto, a esos instantes que se evaporan cuando la luz se retira y queda solo el silencio.

Ciclo de la arena

Suscríbete para seguir leyendo

Suscríbete para obtener acceso al contenido íntegro de esta entrada y demás contenido exclusivo para suscriptores.

Reloj de sombra

César Raúl González Bonilla

La sombra es la huella que deja la memoria

El sol aparece soñoliento

cuando el limbo recoge la silueta del estilo.

Allí donde la luz vence a la sombra

el geranio bebe sorbos de luz

a partir de las diez de la mañana.

Sol de invierno

hoguera y cobre

que calienta apenas

camina por el jardín

obsesivo y metódico,

fiel a su ritual, lento y preciso.

El viejo reloj

sin péndulos ni carrillones

cuenta los instantes

en una rebanada de penumbra:

centinela inmóvil

de los dramas cotidianos.

En el contorno proyectado en la tierra

-allí donde la oscuridad comienza-

reposan universos en pausa

listos para ser habitados.

La vida termina, su sombra permanece.

Si las sombras hablaran,

pedirían un cuerpo

para morir de nuevo.

Quien pudiera robar

las sombras a los vivos

para verlos morir

y ensayar resurrecciones.

Reloj de sombra describe un reloj solar que observa silencioso el paso del tiempo en un jardín invernal. Con imágenes delicadas y reflexivas, el poema explora la fugacidad de la vida, la permanencia de las sombras y la obsesión humana por medir y habitar el tiempo, incluso en su ausencia.

Avaricia

César Raúl González Bonilla

Quien tiene apetito infinito, se debora a sí mismo

Acumulo un hambre insaciable;

el apetito y la sed ansiosa, enfurecida:

deseo lo que tuve, lo que no,

lo que nunca será mío.

Quiero la voz ajena guardada en mi bolsillo,

el afecto firmado a mi nombre,

el amor registrado como propiedad privada,

las miradas que ya no me buscan

y la ternura doblada en una servilleta desechable.

Cuento las ausencias en billetes;

tengo sed y hambre de todo lo existente

lo ilusorio y lo aparente.

Colecciono necesidades de piel, de nubes, de promesas.

Tengo deseo del deseo,

anhelo el vértigo de anhelar.

Me faltan las ganas de soltarlo todo,

atesoro ausencias, desiertos y vacíos.

El poema Avaricia retrata un yo lírico dominado por un deseo insaciable que lo lleva a acumular afectos, recuerdos y vacíos. La avaricia se convierte en una obsesión emocional y existencial que nunca se satisface, devorándolo desde adentro. Al final, el texto revela que ese afán de poseerlo todo solo conduce a un vacío más…

El aroma del sándalo

César Raúl González Bonilla

No hay amor, sólo el aroma de los cuerpos

Tu cuerpo tiene el aroma del Sándalo.

Como el incienso que se posa distraído

te deseo por fiebre, por callar el mundo.

Quiero habitarte sin amor y sin afecto,

sólo por el gozo que viene del instinto.

Nos desgarraremos en silencio con los cuerpos

como bestias que no temen la mordida.

 En la sinfonía rota de la carne

dialogaremos sin temor y sólo con jadeos.

-convulsión, temblor y escalofrío-.

 Viajaré a través del perfume de tus pechos,

 Llegaré a respirar tu aliento entrecortado;

 viento tibio que persigue la agonía.

Te invito que juguemos a imaginarlo todo,

sin calendarios, sin espejos, sin permiso;

que las fantasías se acuesten con nosotros

sin dejar huellas, por si decides quedarte.

Podemos fingir que nos amamos,

 si logramos que parezca solo un juego.

El poema de César Raúl González Bonilla explora una intensa conexión física y sensorial entre dos cuerpos, desprovista de amor o afecto. A través de imágenes evocadoras, se invita a experimentar la intimidad como un juego sin ataduras, donde lo sensual y lo instintivo prevalecen sobre cualquier sentimiento romántico tradicional.

La senda de las hormigas

César Raúl González Bonilla

«Mentir es el preludio de la despedida.»

A veces digo mentiras.

Yo sé que en ocasiones miento,

como beber agua salada para saciar la sed

me abrazo a la sombra y la llamo cuerpo.

Yo sé que en ocasiones miento,

cuando construyo el espejismo con escombros

y me escondo detrás de una cortina de rutina.

Apago las luces donde no quiero mirar

y doblo el espejo para ver la imagen que deseo.

Yo sé que digo mentiras,

cuando pinto de azul mi jaula y la llamo cielo;

suelo enredar palabras como hilos

y tejerlas de manera que no hieran

Te respiro como un humo dulce,

tu cuerpo es mi ritual, mi abismo y mi consuelo.

Me trago las mentiras -aunque sé que tienen filo-

cuando tus ojos buscan a los míos,

me refugio en las grietas en el suelo

y trato de encontrar en la senda

que dejan las hormigas

una forma amable de decir ya no te quiero.

La senda de las hormigas explora la fragilidad de la verdad y las pequeñas traiciones cotidianas que tejemos para sobrevivir. A través de imágenes íntimas y potentes —jaulas pintadas de azul, espejismos, sombras— el poema se convierte en un acto de confesión donde la mentira aparece como un refugio y, al mismo tiempo, como un filo que hiere. Las hormigas, con su silenciosa y meticulosa caminata, simbolizan el intento de encontrar un sendero sutil para pronunciar lo indecible: el fin de un amor.

Palabra porosa

César Raúl González Bonilla

I

Mi voz es áspera:

lava hecha roca,

aliento de volcán;

ayer fuego ardiente de la tierra,

hoy es piedra gris,

rígida y tiesa escarcha fría,

perfil que trata de escapar de los guijarros,

silencio insistente y disperso,

coágulo atascado en el fondo de mis venas.

Es pico y pala;

martillo y cincel

y luego piedra contra piedra.

Es la voz que trata de encontrar el molcajete;

rumores insistentes y dispersos,

la silueta que trata de escapar de los guijarros.

Talla, cincela y dibuja la soledad

en la piedra indiferente

la ausencia que nos enlaza. 

Trata de dialogar con el pedrusco,

pero es deseo que se resiste,

palabra que se esconde

y se pierde en cada golpe;

asoma -apenas – cuando sangran los nudillos.

II

Mi voz es de ceniza,

es hostil y es enemiga de la piedra.

absurda y áspera,

piedra contra piedra,

músculos tiesos y piel envejecida.

Es ninguno en alguna vez,

voz extraviada en millares de agujeros:

cuento, invención o fábula.

El rítmico cincel es melodía

que sigue el pulsar de mis arterias

golpe, retumbo y rayo.

Nadie escucha el cincel contra mi piedra,

pero es mi voz

y solo importan mis oídos.

Es la sal que se comparte

en mi cuenco asimétrico,

pensamiento poroso,

rugoso y lastimado.

Mi voz es piedra agotada,

gastada por el uso.

Es el polvo de mi piedra

lo que queda, lo que resiste;

una voz extraviada en millares de agujeros,

el silencio que descansa en el centro de la mesa.

La voz de César Raúl González Bonilla se describe como áspera y volcánica, simbolizando lucha y soledad en la interacción con la piedra. A través de metáforas de desgaste, se expresa un deseo intenso de comunicación y la lucha interna por ser oído, reflejando la resistencia en el silencio y la vulnerabilidad.

Reclamo y cariño

César Raúl González Bonilla

Tú contigo y yo contigo.

No es que no me quieras, es que no te alcanza.

¿Qué no queda nada?

¡A mi no me vengas con cuentos

porque no te creo!

Que si no te alcanza,

que si se te acaba

que si ya no sientes:

es el recetario de tus negativas,

viento circular,

la llave que gira y que no abre nada.

Me consta que tienes,

te queda bastante,

tienes suficiente:

el cielo, el rio, la tarde,

un refugio que parece exilio.

Tu corazón late y no lo compartes.

Puras evasivas

excusas, pretextos

y noches taciturnas.

Me das las migajas,

insignificancias:

una duda silenciosa,

tu espalda

-rincón ausente con aroma de nosotros-.

Yo pregunto, tú callas.

Habitas en el lado blando:

recibir, reprender, culpar,

sin ceder, sin quedarte.

Pero tus ojos no mienten:

se asoma ternura, sin pedir permiso

todavía me miran

con el cariño vencido,

dicen que me quieres.

como en la primera tarde.

¿Por qué no compartes?

No seas egoísta,

no seas tan tacaña.

Tus ojos, esos dos traidores,

silenciosos, lejanos,

los mismos de siempre;

tan tuyos…tan tuyos…tan tuyos.

El poema de César Raúl González Bonilla explora la frustración de un amor no correspondido. A través de imágenes poderosas, el hablante expresa la incomunicación en la relación, donde el amor parece estar presente pero no compartido. Se destaca la lucha entre el deseo y la evasión emocional del otro.

Lo que viene

Lo que viene
por César González Bonilla

No retorna lo que vuelve
o -tal vez- terminó ya de regresar

¿Cuándo será el tiempo de la ausencia;
con cuánta fuerza sus colmillos afilados
rasgarán mi carne?

¿En qué arista de la línea
-de arena y sílice-
se asoma apenas mi suerte
al filo de alguna telaraña?

Acaso estuvo ya por mi casa,
llegó sin darme cuenta
-eso que ha de llegar y que no llega-
recorrió los senderos de mis venas.

Veinte veces por minuto
-una vez en cada aliento-
espero…atraso…postergo
y me pregunto cómo vendrá lo decisivo;

¿Será una pesadilla que no puedo recordar,
alguna niebla vagabunda,
nómada confusión
en cierto rincón de mis pupilas?

Quizás es el dragón invisible en el pasillo,
el reptil retorcido que me acecha en la escalera,
un cuervo con lengua de recelo
o la muerte que habita en el ascensor de la oficina

Es la obscuridad que me persigue
en la cumbre de cada sonrisa
escondida detrás de un cubrebocas;

Pequeña tela empapada de saliva
-sudario y mortaja-
salpicado de suicidio;
germen y polen en la espuma del aire
que fermenta la sal de los pulmones

Veinte veces por minuto
-una vez en cada aliento-
giro en el remolino de la suerte
y los virus hacen acrobacias en el aire.

¿Cuándo podré salir de mi esfera
-anillo obligado de dos metros-
que me impuso el temor a lo que viene?

Hasta cuándo dejaré
de permanecer paralizado
si no llega lo que deba de llegar:

respiro inerte,
estoy muerto por completo
-a lo mejor no-cadáver todavía-

Queda entonces lo que resta;
respirar con cada aliento
-en esta muerte forzada-,
diferir el encuentro final
en el hilo de alguna telaraña.

Regresar a los años pequeños,
que mis despojos habiten la casa de la abuela
y jueguen con esferas de cristal
a la sombra de la higuera.

Que aniden las fantasías
en las cuencas desiertas de mis ojos;
al salir de la fosa
me espera el horizonte.

Lo que viene es un poema que respira con cada verso: un canto inquietante a la espera, al miedo y a la fragilidad que experimentamos durante la epidemia de COVID-19. Entre imágenes de dragones invisibles, virus danzantes y telarañas que amenazan el destino, César González Bonilla explora el abismo que se abre en cada aliento. Un viaje íntimo donde el recuerdo de la infancia y…